Vanesa, que parece derrotada, no está dispuesta aún en su situación a dejarse humillar de esa manera. —¿Crees que soy tan débil como esa monja con la que te casaste? Si… te engañé por mucho tiempo, ¿y fue mi culpa? No… Fue tuya. Tenías un ego tan grande del tamaño del universo que creías que todas las mujeres caíamos rendidas a tus pies, pero yo te manejé como a un muñequito. —Vanesa se levanta del suelo, y Joseph observa la escena sin intervenir. Es como si estuviera esperando por un momento que ellos mismos se mataran entre sí. Ares, que estaba de espaldas caminando en dirección a la puerta, se gira hacia ella y la recuesta con un poco de brusquedad contra la pared. —¡Cierra la maldita boca! —¿Por qué? Según ustedes dos, ya me descubrieron, pero no son más que una partida de estúpido

