El aire en la ciudad era denso esa noche, cargado de una tensión que parecía anticipar una confrontación inminente. La mansión de Samuel estaba en calma aparente, con luces suaves iluminando los jardines perfectamente cuidados. Pero dentro, el ambiente estaba lejos de ser pacífico. Dante entró al despacho de Samuel con una expresión que denotaba urgencia. —Señor, Víctor Salgado está aquí. Dice que quiere hablar contigo, personalmente. Samuel levantó la vista de los documentos que estaba revisando, sus ojos fríos como el acero. —Déjalo pasar. Dante vaciló por un momento. —¿Está seguro? Podríamos manejar esto de otra manera. Samuel esbozó una sonrisa, una que no alcanzaba sus ojos. —Estoy seguro. Es hora de que Víctor entienda en qué terreno está pisando. Dante asintió, saliendo del

