A la mañana siguiente, Camila se levantó con una mezcla de determinación y cansancio. La conversación con Samuel de la noche anterior había despertado una nueva preocupación en su mente. No solo debía enfrentarse a la complejidad de su relación con él, sino también a las maniobras de su padre, que ahora amenazaban con desbordarse. Después de un desayuno apresurado, Camila fue directamente al despacho de Esteban. Al entrar, lo encontró revisando unos documentos con aire despreocupado, como si nada estuviera fuera de lugar. —Papá, necesitamos hablar —dijo, cerrando la puerta tras ella. Esteban levantó la vista con una ceja arqueada. —Buenos días a ti también, Camila. ¿Qué pasa? Camila avanzó y se cruzó de brazos frente a él. —Samuel me dijo lo que has estado haciendo. Usando su nombre
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