El silencio en la casa de Camila era denso, casi sofocante. Desde su confrontación con Samuel, las dudas que ya la perseguían habían crecido, extendiéndose como una telaraña en su mente. Las palabras de Samuel habían sido calculadas, dejando espacio para la interpretación, pero también confirmando lo que ella sospechaba: su esposo no era un hombre común, y su conexión con el Enmascarado iba más allá de lo que estaba dispuesto a admitir. Esa noche, mientras revisaba nuevamente los registros que Javier le había proporcionado, su teléfono vibró con un mensaje inesperado. “Si buscas respuestas, vuelve a la mansión. Esta vez encontrarás lo que necesitas.” El mensaje era anónimo, y aunque su intuición le gritaba que era una trampa, no podía ignorarlo. La mansión del Enmascarado había sido un

