Cinco meses habían pasado desde aquella primera noche mágica en casa. El otoño había dado paso a un invierno tibio, seguido por una primavera que comenzaba a teñir las ventanas de la casa con luz dorada y aromas florales. El pequeño Damián había crecido como una flor en tierra fértil, llenando cada rincón de su hogar con risas, balbuceos y ese aroma dulce a bebé que parecía eterno. La mansión seguía transformándose, pero ahora era más viva, más caótica y también más feliz. Los juguetes de colores cubrían las alfombras, los baberos colgaban de las sillas, y en la cocina, sobre el refrigerador, una foto reciente de Damián en blanco y n***o parecía reinar como una obra de arte. —¿Estás segura de esto? —preguntó Adrián mientras abrochaba su camisa frente al espejo. —Sí. Es hora de que el mu

