Adrián bajó del coche con impaciencia, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. El sonido seco resonó en el silencio de la entrada de la mansión, pero no le importó. Su corazón latía rápido, una mezcla de ansiedad y urgencia corriendo por sus venas. Entró en la casa y recorrió los pasillos con pasos firmes. La luz de la tarde se filtraba por los ventanales, proyectando sombras suaves sobre el suelo de mármol. Cada rincón estaba impregnado de la fragancia familiar de Nelly, un aroma dulce y embriagador que se negaba a disiparse. Pero ella no estaba. Frunció el ceño, buscando con la mirada alguna señal de su presencia. Nada. Subió las escaleras de dos en dos y se dirigió a la habitación. La cama estaba intacta, como si nadie la hubiera tocado desde que él se marchó. Sintiendo un

