Annika
El diablo.
Ese es el apodo que mis devotos empleados usan para describirme a mis espaldas. Idiotas. Como si no lo supiera. Aun así no me molesta. Se que soy dura, exigente y que no doy segundas oportunidades. Así se llega a la cima, sobre todo si eres una mujer tratando de dominar un mundo hecho para hombres. De igual forma, eso nunca me ha frenado, al contario, me ha impulsado a querer estar por encima de todos aquellos que se creen capaces de subestimarme.
Nací con privilegios. Una familia, padres presentes, libertad, una buena economía que me permitió asistir a las mejores escuelas y universidades. Un mundo lleno de posibilidades. Aunque, no me conforme siendo una cara bonita, con buenos modales y ropa cara, a la busca de un marido que me mantenga, como mi madre y mi hermana. Quería mucho más que lo me podría ofrecer un hombre que solo me quiere para trofeo, como una esposa modelo y madre dedicada.
Siempre quise que todos conozcan mi nombre, alrededor del mundo. Que sea sinónimo de grandeza, elegancia, cálida... crear un imperio.
Y lo hice...
***
Una vez que termino con mi rutina facial de todas las mañanas, me adentro en mi vestidor.
La noche anterior ya había pensado en estrenar el vestido blanco que diseñe para mi nueva colección, por lo que saco de uno de los cajones un conjunto de ropa interior blanca de encaje. Una vez que termino de ponérmela, saco de su percha el impecable y perfecto vestido. Elijo zapatos del mismo tono y para romper con tanto color uniforme, tomo una de mis carteras color suela.
Suelo rehuir de este color, me parece muy de novia, pero en verdad me enamoré de este vestido y pese a que intenté con otro color, solo en blanco le daba ese toque de perfección.
Y hoy es ese día para usarlo.
El diablo vestido de blanco, ya puedo oír a la comitiva bromear con eso.
Me cuelgo la cartera al brazo, después de meter todo dentro, agarro mi carpeta personal donde tengo todo lo de la empresa, junto con la correspondencia que me dio Patrick anoche. Salgo de mi casa, en bello barrio de Manhattan y me subo al auto que me espera todas las mañanas. Al subirme este arranca.
Sentada en la parte trasera, comienzo a abrir los sobres. Son de invitaciones a eventos, famosos que me envían las gracias por vestirlos, incluso una es de esa cantante que está tan de moda, a quien elegí como cara de mi nueva fragancia.
Suspiro con fastidio al reconocer la letra de mi hermana en el último sobre.
¿Qué será ahora?
Sin duda esto sí que no me lo imaginaba. - pienso en shock al leer de que se trata.
- Señorita Virago, aquí estamos. - me informa mi chofer, al detenerse en el frente del edifico donde en la última planta están mis oficinas.
- Gracias. - me bajo.
Me encamino molesta hacía adentro. Camino derecho hacia los elevadores. Nadie se atreve a cortarme el paso. Presiono el botón de nuestro piso y se cierran las puertas. Pasan unos segundos cuando se vuelven a abrir. Y al dar un paso afuera, uno de los internos ya me espera a mi lado. Me doy mi cartera y él me da mi vaso de café Starbucks.
- Buenos días. - se va oyendo que me dicen todos.
Sigo caminando hacía mi oficina. Patrick, mi asistente, se para a mi lado.
- Me lo diste a propósito para que me lo llevara y así no abrirlo aquí.
- No quería que la oficina explotara cuando abriera ese sobre. Tú hermana me llamo para avisarme.
- O advertirte.
- De hecho, para que me asegurara de que la recibieras, está creída con que tiras toda su correspondencia.
- No toda, solo la mayoría. - entro y me siento en mi silla, detrás de mi escritorio. La pared de enfrente es toda vidriada, por lo que tengo vista de todo lo que sucede aquí.
Patrick está parado frente a mí, con el anotador en sus manos.
- Tienes que confirmar tú asistencia.
- Cómo si tuviera la opción de no asistir.
- Es tú única hermana.
- Por suerte.
- Seguro querrá que le hagas el vestido de novia.
- Si dependiera la boda de que le haga un vestido, jamás se casaría. - digo. - La evitaré, al menos hasta que encuentre una buena excusa de porque no asistiré. No me pases sus llamadas y dile que me disté el sobre, pero que aún no lo abrí. Tengo problemas reales de los cuales encargarme, no de la boda de juguete de mi hermana. Así que vamos a lo nuestro. - queda en silencio, observándome. - Empieza Patrick, no te pago por que me observes.
- Si. - dice volviendo a la realidad. Lee su anotador. - Llamo la editora de Vogue, quiere una exclusiva contigo para el lanzamiento de la nueva temporada. Tienes que aprobar los afiches publicitarios de la nueva línea de labiales, los pondrán en los mejores centros comerciales, junto con un stand con todos tus productos, incluido los perfumes. También...
No puedo evitar dejar de escucharlo y centrar mis pensamientos en otra cosa.
Mi hermana menor se casa. Y nada más, ni nada menos que con Cameron.
Puedo imaginarme la felicidad que debe estar sintiendo mi madre ahora mismo. Toda nuestra vida nos ha preparado para el día de nuestra boda. Me correspondía a mi primero, como primogénita, pero mi madre no previa tener una hija como yo. Que sus metas no podrían estar más alejadas que el pensar en casarse.
Siempre fui rehacía a las relaciones. Requieren mucho esfuerzo y tiempo. Y para lo único que me interesa gastar mi esfuerzo y tiempo es en mi empresa. No me interesan demasiado las personas como para darles algo tan valioso como eso. A menos que me generé algo, como un reconocimiento o ganancia. Y eso es algo que solo me lo da mi trabajo. Esa satisfacción y placer.
No voy a ser hipócrita. Me gusta el sexo y de vez en cuando me gusta por las noches darme esa clase de placer carnal, pero nada más que un revolcón con alguna cara bonita. Ni siquiera dejo que se queden a dormir, porque eso ya implica otra clase de intimidad.
Fueron años de batallar con mi madre con respecto a eso. No entiende que no le veo lo fructuoso a contraer matrimonio. Por lo menos tendrá eso que siempre quiso con Kim. Mi hermana menor siempre ha sido la luz de los ojos de mis padres. Ella y mi madre comparten las mismas pasiones por las compras, las tardes de té, la vajilla fina, los bronceados y jugar tenis en el club para luego almorzar con sus amigas. Y mi padre, por otro lado, tiene la hija soñada. De las que no se quejan, ni hacen nada malo. De esas que les das una tarjeta de crédito y no te fastidian.
Yo siempre tuve guerra por ambos lados. Por un lado, mi madre, quien no entiende que no comparta su gusto por las reuniones, fiestas. Y por el otro, mi padre, quien no entiende mi gusto por los negocios, las finanzas e inversionistas. Según él, es cosa de hombre, las mujeres solo se deben preocupar por tener sus uñas lindas.
Y claro que las tengo lindas. Me las hacen mientras me encargo de mi marca. Estudie mucho para saber bien que pasa en cada esquina y en cada oficina de la empresa. Entiendo absolutamente todo. De esa forma nadie se aprovecha de ti por ser una mujer diseñadora.
"Tú sigue vistiendo Barbies" me grito una vez un idiota que despedí del área de finanzas. Le corregí lo que hacía mal en su trabajo y se atreve encima a menospreciarme.
Cameron. Graduado de Yale. Abogado en uno de los mejores bufets de la ciudad. Viene de una buena familia, de la que mis padres son muy amigos desde siempre. Viven en la casa de al lado. Por lo que siempre jugamos juntos de pequeños. Él tiene mi edad. Mi madre siempre quiso hacer de casamentera para unirnos a él y a mí, pero nunca resulto. A causa mía, claro. Cameron se hubiera casado con 13 años si hubiera podido. Parece que lo convenció de que se casara con mi hermana en cambio. Es el yerno perfecto.
- Annika... - oigo la voz de Patrick llamarme, trayéndome a la realidad. Lo miro. - Quieren de fabrica que vayas a inspeccionar las nuevas telas que llegaron. Es lo último que falta para cerrar la colección.
- Genial. ¿Hay algo en la agenda que requiera más atención?
- No, es lo más importante del día.
- Bien, vamos. Diles que traigan mi auto a la entrada. Yo conduciré.
- Si. - dice y sale de mi oficina.
Ambos nos subimos al auto y comienzo a conducir.
- Necesito una buena excusa.
- Podemos cambiar la fecha del desfile. - me dice Patrick. - Pasarla para ese fin de semana de la boda. Los días antes de una presentación siempre son una locura.
- No importa la excusa que sea, para mi madre no será suficiente.
- ¿Qué es peor? El después de que no fuiste o el ir.
- Es como si me preguntaras que es peor, si el diablo o el infierno.
- ¿Y porque no vas con alguien? Cuando estás acompañada suele hacerse más llevadero.
- ¿Tú te ofreces como voluntario?
- Lo haría si no fuera el cumpleaños de mi madre. No eres la única que le tiene miedo a su progenitora.
- No le tengo miedo. - digo con fastidio. - Es solo que es tan molesta. Es como discutir con una pared, no entiende de razones. A menos que estés de acuerdo con ella, claro. Y mi padre sigue creyendo que sería mejor si dejara de jugar a la empresaria y acepto el puesto en su oficina como secretaria.
- ¿Tú como secretaria? Les echarías el café encima a todos esos viejos misóginos.
- Patrick, eres la única persona que me conoce.
- Eso es triste. - dice. - Me pagas para eso.
- Creme, no me importa. Puedo dormir con eso. - digo. - Soy alguien feliz, que hace lo que ama y que no le molesta la soledad, al contario, encuentro placer en ella. ¿Hay algo mejor que ver carteles de tu marca por toda la ciudad? Y no solo aquí, sino también en Europa.
- Y próximamente Asía. - dice. - Mira, hablando de carteles. Allí cambiaron la publicidad de los jeans tan conocidos, por la de tú perfume. - me señala a través del vidrio, de su lado.
Desvió mi mirada y observo hacía donde me indica.
- Es una chica tan mona. Ha quedado estupenda. - digo. - Y lo mejor es que...
- ¡Annika! ¡Cuidado! - lo oigo gritar, enseguida giro mi cabeza hacia en frente al mismo tiempo que presiono el freno y llego a ver una bicicleta que impacta con el frente del auto y luego se oye un golpe en seco, desvaneciéndose.
- Mierda. - digo con fastidio y rápido bajo del auto.
Me acerco hacía donde quedo el muchacho tirado en el asfalto, con su bicicleta a unos centímetros de él.
Está boca arriba, tiene los brazos con raspones, al igual que las piernas, donde se les rasgo el jean. De su frente le cae un hilo de sangre. El joven que unos 30 años, me observa con sus ojos azules algo atontado. Y tiene una leve sonrisa como si estuviera drogado.
- ¿Eres un ángel? - oigo que logra decir apenas.