La raíz del verdadero miedo

1048 Palabras
La voz de mi padre se filtró como un rayo en la tormenta silenciosa que me consumía Hija, ¿te pasa algo? - lo miré y vi su ceño fruncido, esa arruga profunda que solo aparece cuando su preocupación es genuina, su rostro, usualmente compuesto, estaba teñido de una inquietud que me hizo sentir aún más vulnerable - Athenea. ¿Yo, padre? - logré exhalar, con una voz que no reconocía como mía - ¿Cómo es que me dices que debo casarme con Matheo y piensas que no me pasa algo? - Las palabras me salieron entrecortadas, teñidas de un nerviosismo que no pude ocultar, pero mi verdadera preocupación no era el matrimonio en sí, era la reacción de Matheo, lo conozco perfectamente como él me conoce a mí, y cada fibra de mi ser gritaba que estaba furioso, herido por las palabras de mi padre - ¡Claro que me pasa algo, padre! Lo que me pides es inaudito ¿Un matrimonio? ¿En pleno siglo XXI? Athenea - dijo él, con esa calma que siempre usaba para desarmarme - se te olvida que soy tu padre y te conozco muy bien, princesa, no estás así solo por la propuesta... estás así por cómo salió Matheo de esta oficina. - Sus ojos, del mismo color que los míos, me escudriñaban, atravesando cada una de las capas que intentaba levantar, parecía ver el remolino de sentimientos que ni yo misma podía reconocer o nombrar - no lo niegues, cariño. ¡Papá, por el amor de Dios! - exclamé, y mi voz sonó más áspera de lo que pretendía - Sé que Matheo está furioso, y yo estoy igual de molesta ¿Cómo puedes pedirnos que nos casemos? ¿Te has vuelto loco? - Al decirlo, sería e intentando proyectar una firmeza que no sentía, noté cómo mis dedos comenzaron a temblar de forma inconsciente sobre el borde de la mesa. Ese pequeño temblor, esa traición física, era la prueba irrefutable de que mi padre, una vez más, tenía razón, y eso me aterraba más que la propuesta misma. Hija mía, dime la verdad - insistió mi padre, su voz era un canal directo a mi conciencia - deja de un lado la reacción de Matheo, y dime si realmente te incomoda casarte con él. ¿Lo ves tan mal? ¿Crees que sería un mal esposo? Su mirada se clavó en la mía, seria, impidiendo cualquier fuga, un silencio espeso se apoderó de mí, yo no me quiero casar, eso es seguro. Es una decisión tomada hace años, un juramento de hierro forjado en el dolor, no quiero volver a entregar mi corazón, no aquel que ya tiene heridas que, aunque cicatrizaron, dejaron marcas profundas, cicatrices que son recordatorios permanentes de la última vez que amé, de la última vez que alguien entró en mi vida sin reservas... y lo pulverizó lo destrozo dejando una huella imborrable. ¿Crees que Matheo te haría daño? - su pregunta cortó el aire como un cuchillo, demasiado afilada, demasiado precisa - Sé sincera, hija. Y ahí, en el núcleo de su pregunta, encontré la verdad que me aterrorizaba, no era una respuesta, era un sentimiento que surgió de las profundidades de mi alma, una certeza tan clara y devastadora como la luz del día. No. La palabra resonó en mi interior con la fuerza de un trueno sordo, no, Matheo no me haría daño. Él era el hombre que durante años había cuidado de esos pedazos pulverizados con una paciencia de orfebre, que conocía el mapa de mis cicatrices mejor que nadie y aun así... aun así elegía quedarse, el peligro no era que él me rompiera, el peligro, el verdadero y aterrador peligro, era que si me casaba con él, si le daba ese lugar, yo sería la que, por miedo, terminaría destrozándolo a él, y eso... eso sería imperdonable. Mi silencio se volvió elocuente, no podía negarlo, pero admitirlo en voz alta habría sido rendir la última de mis defensas. Yo... - Lo miré a los ojos, y supe de inmediato que no podía mentir, mi padre no solo me conoce a mí, conoce a Matheo, conoce la lealtad feroz que lo define, decir que sería capaz de lastimarme no sería solo una mentira; sería una traición, un insulto a cada gesto, a cada mirada, a cada acto de cuidado imposible que Matheo ha tenido conmigo a lo largo de los años. - No - confesé, y la palabra sonó a rendición - No creo que Matheo me haga daño, y no creo que sea un mal esposo, es todo lo contrario - Respiré profundamente, conteniendo un temblor que subía desde el pecho, las lágrimas que había estado negando nublaron mi vista, convirtiendo la imagen de mi padre en un desdibujo de preocupación - pero papá... ¿has pensado en él? - Mi voz se quebró, cargada de una angustia que por fin dejaba salir - ¿Yo sería una buena esposa? La pregunta cayó entre nosotros en silencio ¿Seria una buena esposa alguien que no desea casarse padre? - continué, la voz ahora un hilo tembloroso - Alguien que está destruida por dentro y por fuera... cuyas grietas no se ven, pero están ahí, alguien cuyo corazón es un mosaico de heridas mal selladas, ¿Crees que lo que queda de mí podría ser suficiente para él?, alguien tan rota como yo no puede ser una buena esposa, sería la condena más cruel para un hombre como Matheo, sería injusto, padre, y yo... - la respiración me falló - yo terminaría destrozándome aún más al ver cómo, día tras día, mi incapacidad para amar como él merece lo lastima, sería un matrimonio que, en el fondo, ninguno de los dos desea de verdad, el merece el mundo, y yo... yo ya ni siquiera puedo ofrecerle un corazón completo. Mi padre me observó, y en lugar de frustración, su rostro se llenó de una ternura infinita, su mano, grande y cálida, acarició mi mejilla con una suavidad que solo él posee. Mi niña, pequeña princesa, tú vales mucho más de lo que crees, eres una joya en todo su esplendor - sus ojos brillaban con una convicción absoluta - Bebé, ¿sabes de dónde vienen los diamantes?
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