Princesa de cristal

1030 Palabras
Salimos de la oficina tras un día no solo agotador, sino mentalmente desgastante, la neblina espesa de mis fantasmas no me da tregua, pero hoy debo afrontarlos, por eso, ahora nos dirigimos a la empresa de mi padre, no puedo pretender estar tranquila; en realidad, cada uno de mis nervios está a flor de piel. Con cada metro que nos acerca al destino, la ansiedad crece dentro de mí como un mar embravecido, un escalofrío recorre mi espina dorsal y la piel se me eriza cuando Matheo enfila el auto y estaciona con precisión en el lugar reservado de mi padre. Tranquila, princesa, todo va a salir bien - dijo Matheo, tomando mi mano con una suavidad llena de ternura. Lo sé - mintió mi voz, cargada de una indiferencia que no lograba sentir, él no podía ser engañado; me conocía demasiado bien, se había convertido en más que un amigo: era mi confidente, mi ancla en la tormenta mas fuerte. Vamos - dijo Matheo, sonriendo y negando con la cabeza en un gesto de burla cariñosa, yo le golpeé el brazo con suavidad. - ¡Ey!¿Y esta agresividad? - protestó él, fingiendo dolor. Te lo mereces, payaso, por burlarte de mí - dije, girando los ojos al cielo antes de salir de su auto. En un instante, mi máscara de seguridad volvió a colocarse: esa mirada fría que no ofrece segundas oportunidades y, sobre todo, la actitud de quien soy ahora: una mujer forjada en acero. Caminamos hacia la entrada de la empresa de mi padre, con una familiaridad que dan los años, todas las miradas se posaron en nosotros, aquí nos conocen y nos guardan respeto, la verdad es que Matheo y yo somos los solteros más cotizados en el mundillo empresarial de acero y cristal. Los medios no se cansan de especular con que formamos un equipo imbatible en la oficina y que seríamos una pareja perfecta las portadas de revistas con sus titulares mas vendidos "El dúo dinámico de la arquitectura", "¿Socios en el negocio y en el amor?", "La pareja que podría construir imperios juntos", pero ellos no saben nada, no saben que mi corazón, hace ocho años, no solo se rompió, sino que quedó reducido a polvo, reconstruirlo me costó lágrimas, rabia y noches enteras ahogándome en mis propios miedos, tuve el apoyo inquebrantable de mi padre, mi roca, y de Matheo... siempre Matheo, él se encargó de recordarme a gritos y con hechos que era una mujer increíble, cada vez que mi autoestima se desplomaba, él estaba ahí para subírmela a mil con un cumplido tan descarado que resultaba imposible no sonreír, es un presumido a nivel divino, sí, pero de esos que te hacen sentir que eres la diosa a la que adora. Athena, aterriza - la voz de Matheo, cargada de una sonrisa burlona, me sacó de mis pensamientos - Llegamos. ¡Ahhh! ¡Gracias! — exclamé, sobresaltada, no me había dado cuenta de que habíamos tomado el elevador privado, ni de que ya estábamos parados frente a la inmensa puerta de caoba de la oficina de mi padre, la rutina y sus recuerdos me habían absorbido por completo. Abrí la puerta y allí estaba él, mi padre, sentado tras su majestuoso escritorio, con sus lentes de lectura en la punta de la nariz, revisando un documento impreso mientras su computadora de escritorio y su laptop brillaban a cada lado, la imagen de serenidad y poder que siempre me ha calmado. Hija, qué bueno que llegaste - dijo mi padre levantando la mirada, sus ojos verdes, los mismos que yo heredé, se iluminaron con una sonrisa que siempre ha desprendido el amor más puro e incondicional —. Te he extrañado, pequeña. Se levantó, rodeó el escritorio y me abrió los brazos, no pude evitar lanzarme hacia ellos, su abrazo fue tan familiar, tan vasto y tan lleno de una ternura infinita que mis ojos se cristalizaron al instante, el día me había dejado sensible, vulnerable, y en ese preciso momento necesitaba eso: el abrazo de mi padre, ese refugio único que te hace creer, aunque sea por un instante, que te puede proteger de todo el mal en el mundo, respiré hondo, hundiendo la cara en su hombro, y por un segundo, solo un segundo, dejé de ser la CEO de acero y volví a ser su niña. Papá, yo también te extrañé - musité, apretando el abrazo aún con más fuerza, como si pudiera fundirme en ese momento perfecto Papá siempre estará aquí para ti - respondió en un susurro que era solo para mis oídos, su voz un refugio contra cualquier tormenta, al separarnos, su mirada se dirigió hacia Matheo con afecto genuino. - Matheo, hijo, qué bueno verte por aquí acompañado de esta belleza que es mi hija. Un gusto saludarte, Axel y siempre estaré al lado de su hija - respondió Matheo con un respetuoso asentimiento de cabeza - Mi madre te manda saludos, mi padre, por su parte, dice que no lo has visitado últimamente, incluso ni al club vas, que parecen simples desconocidos últimamente, cuando en realidad son mejores amigos de toda la vida. Oh, Matheo, tu padre es un exagerado - replicó mi padre con una carcajada - él también puede venir a visitarme cuando quiera, el drama empeora a medida que su edad avanza, y por favor, saluda a tu madre de mi parte. Ni que me lo digas Axel - respondió Matheo, tomando asiento en una de las sillas frente al imponente escritorio con la familiaridad de quien ha estado allí incontables veces - Soy yo quien los ve todos los días, y últimamente está insoportable con un tema en especial. ¡Ya muchacho, sabes que aunque te quejes los adoras! saben hagamos una cena para el fin de semana - exclamó mi padre con una risa cálida que llenó la oficina - Hija, siéntate, sabes que estas en tu casa mi vida Asentí con una sonrisa y tomé asiento en una de las sillas frente a su imponente escritorio de caoba, mientras él ocupaba su sillón de cuero, ese trono desde donde había construido un imperio.
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