El golpe de la realidad fue devastador. Se alejaron. El cuerpo de Davina se desplomó, sus piernas temblaban, y por un momento, deseó desaparecer. No quería estar allí, por la actitud de esa mujer, intuyó que podía ser una amante de Lexter, y no quería ser parte de este juego cruel. —Espera aquí —murmuró Lexter, tomando una bata de baño y vistiéndose rápidamente. Davina, con el corazón retumbando en su pecho, miró alrededor. La urgencia la invadió. Su mente, aunque confundida y aturdida, sabía lo que debía hacer. Sin hacer ruido, cogió las llaves de su coche y su teléfono, y sin mirar atrás, se deslizó por el balcón. La sensación de ser una intrusa, de ser la culpable, la abrasaba, pero lo que más la golpeaba era la sensación de que había cruzado una línea que no podía deshacer. Bajó

