Valeria sintió que el aire abandonaba sus pulmones. La tensión en el ambiente era asfixiante, y cada palabra de Nuria era un golpe directo a su alma. Tragó saliva, luchando por mantenerse erguida, pero la presión en su pecho no hacía más que crecer. La mirada de Nuria la taladraba, cargada de desdén, como si quisiera reducirla a cenizas. —Nuria. No es lo que crees —dijo Valeria al fin, su voz apenas un susurro tembloroso. Nuria soltó una risa amarga, seca, llena de veneno. —¿No es lo que creo? Por supuesto, tiene que haber una explicación lógica para que llegues a mi casa, con mi marido, a estas horas y con esa cara de culpabilidad. Valeria quiso responder, pero el nudo en su garganta le robaba las palabras. ¿Cómo defenderse de algo que ni siquiera era cierto? Las palabras de Nuri

