Lexter no mostró compasión. —Te advertí que no te metieras en mi vida. ¡Davina es la mujer que amo, y no permitiré que la insultes! Amelia lo miró con ojos vidriosos, pero su rabia aún ardía bajo la superficie. Intentó irse, pero su hermano la detuvo. —¡Discúlpate! Amelia no lo podía creer, le mirò con rabia y dolor, mirò a la mujer ante ella. —Lo siento, Davina Bianchi, fue mi culpa, me disculpo. Luego de eso, Amelia no pudo más, no tuvo más opción que girarse y marcharse, humillada, mientras Lexter se volvía hacia Davina, sus ojos llenos de preocupación y ternura. —¿Estás bien? —le preguntó, acercándose para tomar sus manos. Davina asintió, aunque su corazón aún latía con fuerza por lo ocurrido. —Sí... pero no esperaba todo esto. Lexter suspiró y la abrazó con fuerza. —No d

