Los ojos de Lexter se posaron en Davina. Había algo más allá de su evidente belleza; algo intangible que lo atraía irremediablemente, como un imán. No era sólo la suavidad de sus facciones o el brillo rebelde en su cabello, sino la mezcla de fortaleza y vulnerabilidad que parecía envolverla. Quiso apartar la mirada, pero era como si sus ojos tuvieran voluntad propia. Sin pensarlo, tomó una manta y la cubrió con cuidado, como si ese sencillo acto pudiera protegerla no sólo del frío, sino de todas las heridas que cargaba. Se quedó junto a ella, observándola en silencio, hasta que el cansancio lo venció. Sus párpados pesaron, y el sueño lo reclamó sin previo aviso. *** Al otro lado de la ciudad, Valeria enfrentaba su propio drama. El auto cruzó las imponentes puertas de la mansión, y el

