**RITA**
La expresión de Manuel cambió inmediatamente, como si se diera cuenta de que había cruzado una línea. Me quiso abrazar, pero retrocedí de inmediato.
—Rita, regresé… —la voz familiar de mi hermano resonó desde el interior de la casa.
Ambos volteamos a ver, y ahí estaba Sergio, apareciendo en el momento más inoportuno posible. Su tiempo de llegada era absolutamente inapropiado.
—Hablando del rey de Roma y él que se asoma —murmuró Manuel con una sonrisa irónica.
Por todos los santos del cielo, pensé. ¿Por qué tenía que llegar justo ahora?
Desesperadamente, le hice señas a Sergio para que no hablara de más. Captó inmediatamente que algo extraño estaba pasando. Se acercó y me abrazó con esa naturalidad fraternal que teníamos.
—Te extrañaba, Rita —dijo, e inmediatamente me susurró al oído—: ¿qué diablos está pasando aquí?
—Sígueme el juego —le susurré de vuelta, rogando que entendiera la gravedad de la situación.
Sergio se alejó un poco y me miró de arriba a abajo, claramente notando mi vestimenta extraña.
—¿Qué pasa? ¿Por qué estás vestida como…? —comenzó a preguntar.
—Sígueme el juego —repetí con más urgencia.
Sergio, confundido, pero cooperativo, se dirigió hacia Manuel.
—Eres tú —dijo con esa familiaridad que indicaba que ya se conocían—. ¿Qué haces aquí?
—Justo a tiempo —respondió Manuel—. Iba a mostrarle a Rita el auto que compraste.
Sergio frunció el ceño, claramente tratando de entender de qué hablaba Manuel.
—¿Hasta ahora lo entregas? ¿Qué deficiencia tiene esa empresa donde trabajas —dijo Sergio—, y pude ver que estaba improvisando sobre la marcha?
—Lamento la tardanza, pero se le hicieron unas modificaciones para la seguridad de Rita —explicó Manuel, y había genuina preocupación en su voz.
—Ah, es cierto —dijo Sergio, siguiendo la corriente, aunque claramente no tenía idea de qué estábamos hablando—. Rita, ¿te secuestraron?
¿SECUESTRARON? Mi mente se paralizó. ¿De qué diablos estaban hablando?
—¿Cómo te diste cuenta? —pregunté, decidiendo seguir adelante con esta locura.
—Eso no importa, lo importante es que estás bien —respondió Sergio con esa proyectividad fraternal que lo caracterizaba.
—Estoy bien. Manuel me ayudó, aunque el auto quedó bastante dañado —continué improvisando, sin tener ni idea de si lo que decía tenía algún sentido.
—Esas son cosas materiales —dijo Sergio, adoptando un tono filosófico que no le pegaba nada—. ¿Sabes quién fue?
—No lo sé —mentí, porque obviamente no sabía de qué secuestro imaginario estábamos hablando.
Manuel se adelantó, claramente sintiéndose responsable por algo.
—Por eso le modifiqué este auto. Los vidrios son resistentes y no se quiebran con cualquier golpe. Además, lleva un buen sistema de protección que minimiza cualquier impacto.
—Dime cuánto cuesta la diferencia para pagarte —dijo Sergio, sacando su cartera.
—Eso corre por mi cuenta —respondió Manuel firmemente.
Pude ver cómo Sergio achicaba los ojos, claramente no le gustaba la idea de que alguien más pagara por algo relacionado conmigo. Me abrazó de los hombros de manera protectora.
—Bueno, ya entregaste el auto. Es mejor que te retires —dijo Sergio con un tono que no admitía discusión.
Manuel me miró directamente a los ojos, y había algo en esa mirada que me hizo sentir como si pudiera ver directamente a mi alma.
—Rita… —dijo, queriendo decirme algo. Había una urgencia en su voz que me hizo sentir que tal vez esta sería la última vez que nos veríamos.
—¡Sí! —respondí tal vez demasiado rápido, demasiado ansiosa.
—Rita está ocupada. Es mejor que la dejes en paz —interrumpió mi hermano—, y había una finalidad en su voz que me dolió más de lo que esperaba.
Manuel nos miró a ambos, luego fijó sus ojos en mí una vez más. Había tantas cosas sin decir en esa mirada, tantas preguntas sin respuesta, tantas posibilidades que se desvanecían en el aire.
—Está bien —dijo finalmente—. Cuídate, Rita.
Y con esas palabras, se dio vuelta y se dirigió hacia su auto, llevándose consigo todas las respuestas que no había tenido el valor de buscar, y dejándome con más preguntas de las que había tenido cuando todo comenzó.
Mientras lo veía alejarse, con esa calma masculina que solo los hombres que no entienden el caos emocional que provocan pueden tener, me di cuenta de algo que me golpeó como un portazo mal cerrado en una madrugada silenciosa. Mi brillante plan para evitar explicaciones había terminado por convertirse en una red de mentiras tan enredada que ni yo misma podía seguirle el hilo.
Era como si hubiera empezado tejiendo un simple suéter y hubiera terminado con una madeja gigantesca que desafiaba las leyes de la física. Disfraces improvisados, silencios calculados, evasiones dignas de una espía amateur… Definitivamente, pensé mientras me quitaba mentalmente el delantal de Claudia: necesito un nuevo hobby. Uno que no involucre actuación diletante, cambios de ropa contrarreloj, ni la humillación pública de fingir ser alguien que claramente no soy.
El eco del auto de Manuel se desvanecía en la distancia, llevándose consigo todas las oportunidades perdidas y las palabras no dichas. Me quedé ahí parada, sintiendo el peso del delantal ajeno como si fuera una armadura mal puesta, preguntándome cómo diablos había llegado a este punto en mi vida.
—Vamos a ver en qué líos anda mi hermanita, y qué demonios es ese disfraz tan poco convincente —dijo Sergio, cruzado de brazos, con esa sonrisa que mezcla burla, hermana mayor, preocupación genuina y una pizca de diversión maliciosa—. Tienes que contarme todo. Y cuando digo “todo”, es TODO con mayúsculas, cursivas y subrayado.
Me observó de manera exhaustiva, evaluando minuciosamente mi “actuación”.
—Te cuento, pero no me juzgues —le respondí mientras me quitaba el atuendo de empleada con más dignidad de la que probablemente merecía la situación—. Además, terminaste de llegar sin avisar, como siempre. Tu momento es famosamente desastroso.
Me sentía como una actriz que sale del escenario sin saber si el público aplaudió, abucheó, o simplemente se fue a tomar un café durante el intermedio.
Sergio soltó una carcajada genuina, esa risa que me recordaba por qué, a pesar de todos sus defectos, seguía siendo mi hermano favorito (y único, pero ese era un detalle menor).
—En cuanto supe del secuestro, dejé todo y me vine —dijo, y la preocupación en su voz era tan real que sentí una punzada de culpa por todas las veces que lo había subestimado—. ¿Qué es todo eso del auto? ¿Quién te está siguiendo? ¿Por qué te escondes como si fueras una fugitiva de la justicia?
Entramos a la casa, nuestros pasos resonando en el mármol con esa familiaridad que solo dan años de caminar por los mismos pasillos. Claudia, mi empleada de confianza y testigo involuntaria de mi colapso mental temporal, me miraba desde la escalera como si estuviera viendo a alguien que ha perdido completamente el juicio y necesita intervención psiquiátrica urgente. Y, siendo brutalmente honesta, quizás no estaba tan equivocada en su evaluación.
—Claudia, ¿puedes traernos algo de beber? —le pedí, tratando de recuperar algo de mi compostura habitual—. Y, por favor, olvida todo lo que acabas de presenciar. Considéralo un episodio de amnesia temporal colectiva.