En serio este hombre era un idiota. Un grandísimo idiota que, al ver mi cara de satisfacción al hacérselo saber, negó —No voy a mirar nada. No tengo por qué mirar nada. — ¿Qué quieres hacer? ¿Obligarme a estar en este maldito tormento de matrimonio otra vez? Sonrió victorioso y asintió. — ¿Qué mierda te crees? ¿Crees que puedes venir y destruirle la vida a cualquiera? —Eso es exactamente lo que hiciste tú con mi vida y la de mi hija cuando asesinaste a Mia. Ese, definitivamente, había sido un golpe muy bajo. Con ello, me di cuenta de que Nicholas estaba luchando a morir. Y como una fiera, yo saqué mis garras. —Si es que yo soy una asesina, ¿dónde están las malditas pruebas? Porque si existieran, yo ya estaría tras las rejas. Pero no, no existen. Y como no existen, te inventaste

