El quiebre

646 Palabras
Esa noche, después de la conversación desgarradora, Juan no pudo conciliar el sueño. Se quedó tumbado en la cama, mirando al techo, mientras una oleada de pensamientos y emociones lo invadían. Sentía un vacío en el pecho, una mezcla de tristeza y resignación que no podía sacudirse. Sabía que tenía que tomar una decisión difícil, una que cambiaría el curso de sus vidas para siempre. Se levantó de la cama y se dirigió al pequeño escritorio en la esquina del cuarto. Sacó un cuaderno y comenzó a escribir, tratando de ordenar sus pensamientos. Cada palabra que plasmaba en el papel era como un golpe a su corazón, pero sabía que tenía que hacerlo. No podía seguir prolongando lo inevitable. Las horas pasaron lentamente y el amanecer comenzó a asomarse por la ventana. Juan se sentó en el borde de la cama, observando a María mientras dormía. Sus ojos se llenaron de lágrimas al pensar en lo que estaba a punto de hacer. La amaba, pero también sabía que su amor ya no era suficiente para mantenerlos juntos sin que ambos sacrificaran partes esenciales de sí mismos. Cuando María se despertó, encontró a Juan sentado a su lado, con una expresión seria en su rostro. “Juan, ¿qué pasa?” preguntó, preocupada. Él tomó una profunda respiración, sintiendo cómo su corazón se aceleraba. “María, tenemos que hablar.” Ella se incorporó, sintiendo una punzada de temor. “¿Sobre qué?” “Sobre nosotros. Sobre lo que debemos hacer para ser felices,” dijo Juan, su voz temblando ligeramente. “María, he estado pensando mucho y… creo que debemos terminar.” El rostro de María se ensombreció, y por un momento, pareció que el tiempo se detuvo. “¿Terminar? Pero… ¿por qué?” “Porque esto no está funcionando. Tú eras mi mundo, pero no eres todo mi universo. Tengo una vida, una nueva rutina, nuevos amigos. Mientras estuviste lejos, me di cuenta de que había perdido una esencia de mí mismo. Y en estos meses que has estado aquí, me he dado cuenta de que todo debió haber quedado como estaba,” dijo Juan, tratando de mantener la compostura. María sintió como si el suelo se abriera bajo sus pies. “¿Cómo puedes decir eso? Después de todo lo que hemos pasado…” “Lo sé,” respondió Juan, su voz apenas un susurro. “Pero es la verdad. Nos estamos haciendo daño al intentar aferrarnos a algo que ya no funciona. Necesitamos seguir adelante, cada uno por su camino.” María lo miró con incredulidad, sus ojos llenándose de lágrimas. “¿Y la carta que me enviaste? En la que decías que tu sueño estaba causando insomnio porque me querías cerca. ¿Todo eso era una mentira?” Juan sintió un nudo en la garganta. “No, no era una mentira. En ese momento, lo sentía de verdad. Pero las cosas cambian, María. Me di cuenta de que tenerte cerca no era la solución a nuestros problemas. De hecho, solo los ha empeorado.” María se levantó de la cama, sintiendo que el aire a su alrededor se volvía más pesado. “No puedo creer que estés diciendo esto. Pensé que querías que lucháramos juntos.” “Lo quería. Pero también quiero que seamos felices, y no creo que podamos serlo juntos,” dijo Juan, sintiendo cómo cada palabra le costaba más que la anterior. María lo miró con desesperación. “Juan, por favor, no hagas esto. Podemos encontrar una manera de hacerlo funcionar.” Juan negó con la cabeza, sus ojos llenos de dolor. “No, María. Lo hemos intentado y no ha funcionado. Es hora de aceptarlo y seguir adelante.” El silencio que siguió fue ensordecedor. Ambos sabían que, a pesar de sus intentos por salvar lo que tenían, la distancia entre ellos era ahora insalvable.
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