La mañana llegó sin color, fría, vacía de todo lo que hasta entonces Brooke había conocido como vida. A través de la ventana del hospital se filtraba una luz débil, opaca, sin calor. Brooke la observaba sin verla realmente, sus ojos desenfocados, hinchados por las lágrimas que no había dejado de derramar desde que abrió los ojos y supo la verdad. Su mano reposaba inconscientemente sobre su vientre, ahora vacío. La sensación de pérdida era física, tangible, como si una parte vital de ella hubiese sido arrancada sin anestesia. Respirar dolía, existir dolía, pensar dolía aún más. La puerta se abrió con suavidad, y Brooke se giró lentamente. Lía entró en silencio, su rostro mostrando una profunda tristeza. Brooke la miró un segundo antes de apartar la vista, incapaz de sostener cualquier ges

