CAPÍTULO 4

2071 Palabras
La mañana fue una tortura de vapor, ruido y pies hinchados. El café no paraba de entrar y salir, una marea interminable de rostros soñolientos que exigían su dosis de cafeína para enfrentar la selva de asfalto de Los Ángeles. Lola y Sonia, mis camareras del primer turno, corren de un lado a otro con las bandejas, sorteando las mesas mientras yo, tras la barra, siento que mis brazos se mueven por puro instinto mecánico. —¡Dos lattes y un muffin de arándanos! —espeta Sonia llegando a la zona de pedidos donde estoy ahora mismo. A mi lado, Lola y Sonia se mueven como sombras frenéticas. Son buenas chicas, trabajadoras, pero verlas correr me recuerda constantemente la carga financiera que llevo sobre los hombros. Tenía a Drew para el turno de la noche, a Spencer en la cocina y a ellas dos en las mesas que son relevadas por la tarde por otras dos chicas hasta la hora del cierre. Si fuera por mí, si mi cuerpo no fuera de carne y hueso, haría el trabajo de todos ellos. Me ahorraría miles de dólares al mes y saldaría mis deudas con el banco en la mitad de tiempo. Pero el cuerpo tiene límites, y este negocio, mi pequeño pedazo de cielo, exige más manos de las que yo tengo. Pero nadie me dijo que emigrar y abrirse camino en este país sería un camino de rosas; ser inmigrante es aprender que el cansancio es un accesorio permanente, como el delantal que uso a diario. Mi rutina era un círculo vicioso: trabajar hasta las dos, subir a mi pequeño departamento justo encima del local para intentar cerrar los ojos media hora y hacer mis pendientes, tomar mis clases en línea de gestión de negocios y finanzas, y luego bajo de nuevo para el cierre. Pero hoy, el descanso es un lujo prohibido. Miro el reloj de pared, cuyas manecillas parecen burlarse de mi ansiedad. Faltan diez minutos para las dos. Afuera, el rugido discreto de un motor de alta gama anuncia la llegada de la bestia. Un Lexus n***o, pulcro y reluciente como un escarabajo de lujo, se detiene frente a mi puerta vidriosa. No hace falta ser un genio para saber que es el transporte enviado por el psicópata de Sterling. —Drew —le digo al pelirrojo que acaba de entrar para su turno de tarde—, voy a salir un par de horas. Quedas al frente. —Vete tranquila, jefa. Yo me encargo —me guiña un ojo con esa confianza despreocupada que yo ya he perdido hacía años. Tomo mi bolso que busqué más temprano en mi departamento y, antes de salir, le echo un rápido vistazo a mis vaqueros negros más ajustados, esos que me hacen sentir poderosa, y me había puesto una blusa de satén rojo con tirantes finos. La había comprado en oferta, pero el color vibrante y el tacto suave sobre mi piel me devolvieron un poco de la confianza que me habían robado esa mañana. Había completado todo con un poco de rímel, un toque de labial y mis botines favoritos. Sí, no solo fue por mi bolso a mi departamento. Pero eso me hacía sentir segura. Estoy lista para la guerra, aunque se disfrace de reunión legal. Salgo del café y el sol de la tarde me golpea como una bofetada de realidad. Un hombre con traje oscuro y expresión de piedra está junto a un Lexus impecable. —¿Señorita Valenti? —Su voz carece de cualquier rastro de emoción humana. Asiento y él me abre la puerta trasera. Me deslizo dentro, sintiendo el aire acondicionado acariciar mi piel. El auto huele a nuevo, a riqueza, a un mundo donde nada se rompe y todo es fresco. Mientras avanzamos por el tráfico infernal de Los Ángeles, siento un nudo en el estómago. Diez minutos después, el auto se detiene ante un edificio de cristal y acero que grita "dinero viejo". El conductor me abre la puerta de manera solícita. —Vaya al sexto piso y dé su nombre en recepción —instruye manteniendo su tono plano. —Gracias —murmuró, echando a andar. Entro al edificio concurrido caminando directamente hacia los elevadores y entro en uno de ellos que está lleno de gente que viste trajes que valen más que mi inventario de un mes. Marcó el piso seis con el dedo temblando ligeramente. Un par de minutos después, las puertas se abren frente a un vestíbulo elegante. Tras el escritorio de mármol, unas letras doradas rezan: Neville y Asociados. Tomo aire, inflo el pecho y pongo mi mejor sonrisa de "no me vas a amedrentar". —Buenas tardes. Soy Stella Valenti. Me están esperando. La recepcionista me mira de arriba abajo con un gesto de "fuchi" que me hace querer saltar el mostrador y despeinarla. «Carajo, Stella. Controla tu lado salvaje». me reprendo. La chica toma el teléfono, murmura algo sobre la persona que el señor Neville espera, escucha y, segundos después, cuelga y me mira. —Espere unos segundos. Por favor. —Me indica con un dedo de manicura perfecta para que me haga a un lado del mostrador. Para ser honesta, me siento como un bicho raro en un laboratorio de lujo. A los pocos segundos, una mujer joven y sobria me guía por un pasillo silencioso hasta una puerta pesada de madera. —La señorita Valenti está aquí —anuncia, haciéndose a un lado. Entro en la sala de juntas y el aire cambia drásticamente. Allí se encuentra él, sentado a la derecha de abogado que preside la mesa, con esa postura impecable de quien es dueño del aire que respira. Alistair Sterling no lleva corbata, pero su traje n***o es tan elegante que lo hace parecer un príncipe de las tinieblas. Imperturbable y frío. Sus ojos azules se clavan en mí por unos segundos y no sé qué está pensando en este momento, pero no debe ser nada nuevo. —Señorita Valenti, mi nombre es Lorenzo Neville. Soy el abogado que llevará el caso de su divorcio con el señor Sterling —dice el hombre, poniéndose de pie y tendiéndome la mano. —La acepto con cautela. —Por favor, tome asiento. —Señala hacia la mesa de reuniones y termino sentada a su izquierda, justo frente a Alistair. Él no dice nada. Solo me observa, analizando mi blusa, apariencia, mis manos y mi postura. Su arrogancia es casi física y llena la habitación. —Vamos al grano, señor Neville —digo, mirando directamente al abogado y evitando el magnetismo helado de Sterling—. Yo también estoy interesada en acabar con este error garrafal. Le echo la culpa al tequila de Las Vegas, así que cuanto antes terminemos, mejor. Neville intercambia una mirada rápida con Alistair antes de empujar unos documentos hacia mí. —Dime, Lorenzo, por favor —empieza, antes de mover sus manos sobre los documentos en la mesa. —Es muy sencillo. He preparado la demanda de divorcio, técnicamente una petición de anulación por mutuo acuerdo. Aquí tiene —espeta el abogado señalando los documentos—. También hay un acuerdo de compensación donde el señor Sterling le ofrece cincuenta mil dólares por las molestias y, por último, hay un acuerdo de confidencialidad que es imperativo que firme. Miro los tres documentos unos segundos y veo como el abogado me tiende una elegante pluma. Tomo el bolígrafo y la demanda. Leo rápidamente y todo está detallado, pulcro y frío. Firmo con un trazo rápido, devolviendo los documentos con un golpe seco sobre la mesa. —No has firmado el resto —la voz de Alistair corta el aire como una cuchilla. Es fría, llena de un filo que me busca la yugular. Lo miro fijamente. Su expresión de desdén me está volviendo loca y no de buena manera. —No quiero tu dinero, Sterling —respondo con calma fingida—. Y no necesito que me pagues para callarme. «Sí, el dinero sería de mucha ayuda, pero tengo dignidad y mi nonna no crio una ventajosa». Alistair suelta una risa seca, un sonido carente de humor que me hace apretar los puños bajo la mesa. —¿Qué pasa, Stella? Dime la verdad. ¿Quieres más dinero? ¿Crees que puedes sacar una tajada mayor? —Su tono es de una superioridad insoportable. Siento que algo explota dentro de mí. El cansancio de la mañana y lo humillada que me estoy sintiendo, todo sale a flote como lava. —¡Sei un testa di cazzo! —suelto, acompañando las palabras con un gesto severo de la mano. Alistair frunce el ceño; aunque no entienda el italiano, el tono es universal. —No me trates como a una idiota. Sé perfectamente que me ofreces una miseria porque tienes miedo. Estamos casados bajo bienes mancomunados, caro mio. Si yo fuera la mitad de interesada de lo que tu pequeño cerebro cree, ahora mismo estaría llamando a la prensa para vender la exclusiva y pidiéndote la mitad de cada centavo que has ganado en estos cinco años. ¡Podría quitarte hasta los calzoncillos de seda! Alistair se endereza en su silla y sus ojos me fulminan. Es como si acabara de tocar los botones correctos. —Si intentas algo así, tendrás problemas que ni imaginas, Valenti. Empezando por tu situación con Migración. Puedo hacer que te pongan en un avión mañana mismo. —¡Vaffanculo! —exclamó, golpeando la mesa, dejando que mi temperamento italiano florezca. —¿Quién carajos te crees? ¿Crees que me das miedo con tus amenazas de villano de película barata? Pero para tu tranquilidad no quiero nada de ti. Ni un centavo. Mucho menos voy a ir a una revista a hablar sobre la estupidez que hicimos. No hay nada que presumir, Cuore mio. —Concluyo desbordando ironía. —Por favor, calma —interviene Neville, visiblemente incómodo—. Son solo documentos primordiales que apelan a su buena voluntad para cerrar esto de forma privada. Lo corto con una mirada. —Buena voluntad —repetí—. El idiota del otro lado de la mesa no parece saber qué es eso, ni cómo se deletrea. Pero si es tan importante para él, está bien. No es como si tuviera mucho que presumir por haberme casado con un tipo tan estirado como él. Tomó el acuerdo de confidencialidad y garabateó mi firma. Ya está. Me pongo de pie, sintiendo que la sala se me queda pequeña. Tomo el documento de los cincuenta mil dólares, le doy la vuelta y, en el dorso blanco, escribo mi número de teléfono con trazos violentos antes de empujarlo hacia el abogado. —Ese es mi número. Llámeme cuando esto acabe legalmente —le digo al abogado. Me giro hacia Alistair, que me mira como si fuera un espécimen extraño y peligroso. —Ahí tienes tu acuerdo, Sterling. Pero el dinero... el dinero te lo puedes meter por donde ya sabes. No quiero tu plata. No necesito nada de ti y no voy a pedirte algo que no me corresponde, por mucho que la ley me dé el derecho. Si quieres que firme una renuncia a tus millones para que puedas dormir sin miedo a que te robe, envíamela. Pero no quiero volver a ver tu cara de superioridad en mi puta vida. Le sostengo la mirada, disfrutando por un segundo de la confusión que cruza sus rasgos perfectos antes de caminar hacia la salida con el corazón martilleando en mis oídos. Abro la puerta de un tirón, pero me detengo justo en el umbral y giro la cabeza solo lo suficiente para verlo una última vez. —Por cierto —suelto con una sonrisa cargada de veneno—, tu última película fue una mierda. Es lenta, pretenciosa y aburrida. Pero supongo que en Hollywood premian la mediocridad si viene en un envase caro. Sus ojos azules parecen emitir chispas de pura furia, sus labios se tensan para soltar una respuesta, pero no le doy el gusto. Salgo de la oficina y cierro la puerta con un portazo que debe haber hecho vibrar en todo el piso. Jodido Sterling. Jodida suerte la mía. Camino hacia el elevador con la cabeza alta, aunque por dentro quiero gritar. «¡Maldito presuntuoso!» Solo espero que esto acabe rápidamente porque lo último que deseo es volver a verlo en mi vida.
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