El efecto del segundo martini empieza a pasar factura, no en forma de mareo, sino de una pesadez que pocas veces he sentido y que se instala en mis párpados y en la base de mi nuca. La adrenalina de desafiar a Alistair frente a sus amigos se está evaporando, dejando atrás el residuo amargo de un día agotador. Julien, que resulta tener una percepción mucho más aguda de lo que su fachada de modelo relajado sugiere, se da cuenta antes que yo. —Stella —dice suavemente, dejando su vaso vacío sobre la barandilla de piedra de la terraza—. Ha sido una noche increíble. De verdad. Hacía tiempo que no me sentía tan... humano en una de estas reuniones. Pero te estás quedando dormida de pie, mon ange. Fuerzo una pequeña sonrisa, sintiendo el peso de mis propios tacones. —¿Tan obvio es? —pregunto, fr

