CAPÍTULO 22

1120 Palabras

El aroma a grano de café recién molido y el siseo de la máquina de espresso siempre han sido mi santuario, el ruido blanco que logra acallar cualquier tormenta en mi cabeza. Pero hoy, sentada en el pequeño taburete a un lado de la caja registradora, el refugio se siente como una jaula. Tengo los libros de cuentas abiertos frente a mí, una cuadrícula de números que se niegan a cuadrar por mucho que los apuñale con la punta de mi bolígrafo. Había ajustado los pagos de mis empleados primero; ellos son el corazón de La Dolce Vita, y no voy a permitir que sufran por mi mala racha. Luego vinieron los servicios, la luz, el agua, los proveedores de grano que suben los precios sin previo aviso. Todo parece manejable, un rompecabezas de supervivencia que ya he resuelto antes, hasta que mis dedos ro

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