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OJOS DE COLOR FALSOS
Hojea el menú, solo para asegurarse.
La mesera, cuadernillo verde en mano, hombros caídos.
“Tendré el #37”. Señala al ítem, aun cuando ella no está mirando.
Ella asiente, garabatea en su cuaderno, camina hacia el mostrador.
El cocinero está volteando un sartén. Mira a Horvath. Aún es temprano, pero su delantal está tan sucio como el de un carnicero al final de un día duro de matanza.
La enfermera grita, golpeando el papel endeble sobre el carrusel de plata.
No hay nada que hacer mientras espera por el café, ni siquiera un periódico abandonado para leer.
Horvath está buscando una distracción cuando ella aparece. Lo primero que nota es la puntación de tacones de punta en las baldosas.
Se sienta en el mostrador, cuatro taburetes hacia abajo.
Mueve sus ojos sin virar su cabeza. Falda azul de medianoche, apenas arriba de la rodilla. Está envuelta apretadamente a su cintura. Como manos ásperas alrededor de tu garganta, él piensa. Blusa amarilla, delicadamente abotonadas al cuello. Pero no hay nada delicado en sus ojos, que te dice que sabe que todas las palabras de cuatro letras incluso si no las va a decir en voz alta.
Ojos verdes pálidos con una banda de gris alrededor del exterior. Labios rojos, como todo espacio en una ruleta. Pelo oscuro café atado en la punta, con algunos mechones sueltos dejando ver la parte trasera de su cuello. Uñas pintadas en el mismo rojo casino.
Parece familiar. ¿La conozco?
Hojea a través de un Rolodex de caras de mujeres, pero no encuentra nada. Las caras comienzan a verse iguales.
No está, de hecho. La recuerda. Se destaca como un payaso en un funeral de estado. Una verdadera rompecorazones. Sabe que la miro aun cuando no puede verme. Puedo leerlo en sus hombros, sus piernas cruzadas, en los dedos finos tocando ese broche atado a su blusa.
El café ya llega, eventualmente. Como el galope de caballería después de que todos los soldados a pie han sido asesinados.
Horvath intentó recordar si alguna vez tuvo el corazón roto. No lo cree. Mis brazos han sido fracturados. Algunas costillas. Clavículas y nariz, pero ningún problema del corazón. No me quedo por mucho tiempo. El sueña un sueño que estaría muy avergonzado de confesar, incluso a sí mismo.
Cuando la comida llega, la consume como si no hubiese comido por semanas…
Antes de que diga algo, él la siente inclinándose, siente el cambio en su respiración.
“Disculpe”.
Se da la vuelta.
“¿Me puedes pasar la sal?”
“Seguro. Aquí tienes”. Lo desliza a través del mesón grasoso.
Puede sentir al cocinero mirándolo. Sus ojos están sobre él, como el tapete mojado que utiliza para limpiar los derrames.
Pone sal a sus huevos, luego sostiene el salero con una ola. “¿Lo quieres de vuelta?”
“Quédatelo. Estoy bien”.
Le dio un vistazo, dos veces. “Lana”.
“Hola, Lana”.
“No, Lana, como la actriz”.
“Oh de acuerdo, ella”.
“¿Eres un aficionado del cine?”
“No en realidad”.
“¿Qué te gusta entonces?”
“Libros”.
“¿Te gusta leer?”
“Sí.” Trocea el tocino hacia su huevo, en una cama de huevos líquidos. Lo lava con café n***o. Amargo, pero hace su trabajo correctamente.
“¿Qué te gusta leer, cómics?”
Se ríe, vira la cabeza.
Su sonrisa es tan delgada que casi no existe. Horvath piensa de maestros, políticos, y hombres de Dios. Siempre hablando, pero cuando tratas de entender sus palabras, no hay nada ahí. Todo se desmorona a polvo en tus manos.
“No, libros reales. Literatura”.
“Oh, bueno. La-di-da. No sabía que estaba lidiando con un académico”.
Se ríe, de verdad en este momento. “También me gusta el misterio, crimen, westerns…”
“¿Todo el paquete, eh? Bueno, te dejo en ello”. Ella hace una pausa. “Lamento molestarlo, profesor”.
“No es ninguna molestia”.
“Bueno, me alegra escuchar eso”. Lana le da una sonrisa más grande, como si dieras un par de monedas a un vagabundo. “¿Cómo dijiste que te llamabas?”
“No lo hice”.
“Lo sé”.
Él baja un asiento y le dice su nombre.
“Te queda bien, supongo”.
“Lo tomaré como un cumplido”.
Sus cejas se arquean. “Si insistes”.
Lana era una verdadera fisgona. Nadie podría discutir con eso. Pero hay algo en sus ojos. Horvath puede verlo, claro como el día, aunque intenta ocultarlo. Puede que me esté hablando, pero está pensando en otra cosa. O alguien más.
“Nunca te había visto aquí antes”, dice.
“Nuevo en la ciudad”. Ella asiente, toma un sorbo de té.
Limpia el resto del desayuno con la última tostada, que ya no está tan crujiente. El autobús Greyhound plateado llega a su memoria. Comió maní, leyó y miró por la ventana a través de seis estados idénticos. Cojines de asiento rotos y baños miserables de estaciones de tren. Teléfonos públicos vestidos con grafiti, con páginas amarillas que tiraban de un corredor y un cordón plateado sin recibidor al final. Todavía puede escuchar al hombre enjuto detrás de él, meciéndose en su asiento y murmurando para sí mismo todo el camino desde el condado de Bucks, Pe hasta Beckley, Virginia Occidental.
“Entonces, ¿eres un habitual aquí?” Horvath se traga los restos de su café.
“Sí, más o menos. Yo vengo a veces”.
“Bueno...” Él paga la cuenta, con 25 centavos extra para la camarera. Por todo el trabajo duro que no hizo y todo el encanto que no tenía. “Quizá vuelva en uno de estos días”.
“Que suertudo que soy”.
Ahora era su turno para una sonrisa estrecha, más un rumor que un hecho frío y duro.