Capítulo Cuatro.

1267 Palabras
Linda. No tuve que meter la dirección en el GPS, porque la conocía de memoria, cada bache en el camino terroso, cada árbol al bordillo del camino. Los recuerdos estaban frescos en mi memoria y cortaban al igual que un espejo roto. Esas sensaciones se intensificaron al ver lo que quedaba de mi vieja casa, el cartel de desalojo y la decadencia que envolvía las paredes de mi hogar. Viví los mejores momentos allí, conocí el amor, y ahora esa casa…no es más que ruinas, como mis sentimientos. —Buenos días, ¿Su nombre?. La voz me saludó, viniendo del aparato al lado del inmenso portón de hierro. Me pregunté si el viejo Oleg seguía siendo el portero, pero no reconocí la voz mecánica. —Soy Linda Brown, vengo en nombre de L’Atelier du Rêve. Pasan unos segundos, hasta que el pitido de las puertas al abrirse inunda todo. —Puede pasar. —Gracias. Avanzó con el coche por el camino de grava rojiza, los recuerdos empiezan a llegarme como un bombardeo. No quiero entrar a la casa, porque sé que ahí la cosa se volvería mil veces peor. Pasé gran parte de ese verano en este lugar, en su habitación, en la cocina, en las salas vacías. Nos entregamos a la pasión en varios de esos sitios, pero nada se iguala al primero, la primera noche juntos en el lago al fondo de la propiedad. Sacudo la cabeza, despejandome de esos recuerdos que no sirven, preparándome para lo que viene, para la figura altanera que me espera a los pies de la escalera de mármol. Freno el coche, mis nudillos se encuentran blancos en torno al volante. Tienes que ser fuerte, linda. Solo será un mes y todo volverá a la normalidad. Me inflo de un valor que no poseo y salgo, encarando a la figura pétrea, que si no fuera por la respiración podría pasar por una estatua. Nora me observa de arriba abajo, tiene una sonrisa en los labios, pero no hay nada de amable en el gesto, más bien burla, un deje de maldad que si bien no le llega a los ojos, sigue siendo palpable. No hay sorpresa en sus orbes al verme, asi que puedo garantizar que sabría que vendría yo, y apuesto todo lo que tengo que ha movido sus hilos para traerme, para refregar en mi cara que perdi a su hijo del todo y jamás volveré a tenerlo. —¿Me has investigado?. Frenó el andar a unos pocos metros de ella, y la fulminó con la mirada. No pienso ser amable con su ser tan despreciable como el que tengo enfrente. —No ha sido necesario. L’Atelier du Rêve es lo mejor que hay en esta ciudad, no voy a negarte que me he llevado una enorme sorpresa al ver tu nombre en su nómina. Frunzo el ceño. Tengo que apretar la correa de mi bolso con demasiada fuerza para no mandarla a tomar por culo. —¿Y el restaurante?. Lanza un suspiro dramático, sin embargo, la sonrisa de suficiencia no sale de sus labios. —Coincidencia, siempre hemos recurrido al Restaurante de Gustave y nuevamente tu nombre estaba ahí al hacer la reserva. – Baja un paso, sus ojos volviéndose dagas en mi dirección. — Y no puedes culparme por aprovechar la oportunidad. Puedo culparla por muchas cosas, demasiadas, la mayor parte de mi desdicha. Pero no puedo decirle, porque eso significaria demasiado y solo quiero volver a la normalidad. —¿La oportunidad de que?. —De que entiendas, Linda. Nuestro corto regreso no significa una nueva oportunidad para ti y me encargaré por todos los medios que te quede bien claro. Suelto un bufido, pero ahora soy yo la que avanza hacia ella. Tanto que terminamos a unos pocos centímetros, su cabeza alzándose por encima de la mía. —Te encargaste de que tu hijo me odiara, Nora. No espero oportunidades de ninguna clase. —Y es ese odio lo único que me incita a que lo presenciés todo de primera mano, conozco a mi hijo nunca volverá a mirarte de la misma forma. Sus palabras se clavan hondo en mi pecho, y me pregunto cómo una persona puede ser así de cruel y sin ningún motivo aparente. —Perfecto, terminemos con este circo entonces, para que puedan largarse de una maldita vez y no volver a verlos en mi vida. Le pasó por al lado, sin importarme que me siga, conozco el camino mejor que nadie y sé de antemano lo que quiere que decore. Collin me habló una vez de la tradición de la familia, me mostró el lugar donde todos los miembros dijeron el sí. Allí es hacia donde me dirijo, al pequeño solar en la parte trasera. El lugar es enorme, tiene una garita en medio, de madera que anteriormente era blanquecina, pero ahora está gris y desconchada. Allí es donde los novios recitaran sus votos, donde se darán el sí. —Como ves hay mucho trabajo para hacer. Siento los pasos de Nora a mi espalda, pero no la miro, entro en mi modo profesional, analizando todo el ambiente con ojo crítico. —¿Dónde está la novia?. No necesita responderme, ya que detrás nuestro viene la pareja, tomados de la mano. La mujer tiene una sonrisa radiante, mientras que Collin me manda al infierno con una mirada cargada de resentimiento y sopresa. Me trago el nudo en la garganta, el temblor de mis manos, aferrándome a las tiras de mi bolso. —Pero si es la cantante. Chilla la mujer, alzando una mano para estrechar la mía, le doy un rápido apretón. —Soy Clarise, y este gruñón de aquí es Collin. Ya se quien es. Quiero gritarle, decirle que lo conozco demasiado bien y que jamás ha sido un gruñón, pero me contengo. —Un gusto, Linda Brown. El aire escapa de mis pulmones cuando alza una mano en mi dirección, la mía comienza a temblar, dirigiéndose hacia la suya. Cuando nuestras pieles se tocan, un terremoto de emociones me sacude, el anhelo se vuelve tan fuerte que duele y esas corrientes eléctricas me desestabilizan. —Un gusto. Me gruñe, soltando mi mano como si quemara, y limpiandola en la pernera del pantalón. Mi corazón se vuelve a fragmentar, y tengo que girar la cabeza, fingiendo mirar el predio, para ocultar mis ojos empañados. —Bueno, ¿Por dónde empezamos?. Dos horas después mi mente se encuentra embotada, y quiero salir corriendo del maldito lugar. Tengo bocetos metidos en el maletín, números a los que llamar a primera hora mañana y media hora para pasar por los peques al colegio. —Tengo que irme, ha sido un placer. Miento. Ninguna de las dos mujeres me presta atención mientras procedo a retirarme, y lo agradezco. Gracias a dios Collin se marchó cinco minutos después de llegar, haciendo medianamente ameno mi trabajo. Lanzando un suspiro recorro la casa, sin pararme a mirar mas de la cuenta, estoy a pocos metros de la puerta principal cuando una mano me toma del antebrazo, frenando mi andar. Me doy la vuelta temblando, porque sé quien es, mi cuerpo lo sabe, mi piel reconoce la suya y tengo miedo de lo que pueda llegar a decirme. Cuando alzó la cabeza, clavando la mirada en sus orbes, me encuentro con una expresión de pura rabia, ese rostro hermoso contorsionado con furia, la mandíbula cuadrada demasiado apretada para que un músculo le tiemble. —¿No te parece irónico?, organizar la boda que tendría que haber sido nuestra y ahora es de otra mujer.
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