Tres meses antes

2412 Palabras
La vida se complicó inimaginablemente después de la noticia sobre el cáncer que consumía a la abuela. En un principio las quimioterapias no dejaron marca en la abuela, Nara, su madre y la tía Mary se turnaban para llevarla a las terapias y todos trataban de fingir que las cosas se arreglarían. El primer mes eso fue lo que pensaron, sin embargo, la abuela un día decidió que estaba harta del tratamiento y se negó a seguir yendo al hospital. Hubo una discusión bastante fuerte sobre el tema. El doctor dijo que hasta el momento no veía un avance significativo, pero que con otras sesiones podría darse cuenta que tan bien respondía el organismo al tratamiento. Al final, se decidió que la abuela seguiría con la terapia, tenían que hacer lo posible por lograr darle un poco más de tiempo en el mundo terrenal. Generalmente había muchos problemas debido al rol de llevar a la abuela al hospital, Nara y su madre trataban de discutirlo en secreto para que la abuela no se sintiera mal, pero un día no lograron contenerse y protagonizaron una pelea cómo pocas veces se había visto. – ¡No es posible que seas tan egoísta y no quieras encargarte de tu abuela por un maldito día! – No es egoísmo, tengo que ir al hospital ese día y aparte presento examen –Nara apenas podía respirar de ira –. No puedo faltar, aparte, ese era tu día, pero claro, cómo tienes que ir con ese hombre con el que te acuestas. No vio la mano de su madre, sólo sintió el golpe. Un calor insoportable comenzó a subir por su rostro y la mejilla le hormigueó. Su madre nunca antes la había golpeado, así que la sorpresa se dibujó en el rostro de las dos. – En tu vida me vuelvas a tocar –dijo Nara en un siseo –. Si te atreves a ponerme de nuevo una mano encima, juro que te arrepentirás. – Soy tu madre, me debes respeto. No le debía una pizca de respeto, al menos no ese día. Se suponía que su madre llevaría a la abuela a la siguiente sesión, pero últimamente andaba muy pegada a un compañero de trabajo (seguramente se acostaba con él) y argumentó que tenía trabajo que hacer con él (trabajo sucio, seguramente). Así que le pidió a Nara que ella se encargara. Lo habría hecho de buena gana si no tuviera otra cosa importante qué hacer. El cuarto año le pareció menos difícil que tercero, pero su disgusto con la carrera hacía que todo fuera un poco desgastante. Las rotaciones y los exámenes hacían que odiara el haber elegido estudiar medicina; pero ya era muy tarde para claudicar. Estaba más cerca del final que del principio, así que terminaría eso de una buena vez. La abuela se enteró de la discusión, pues los gritos no pasaron desapercibidos, pero no dijo nada, simplemente al ver la marca del golpe en la mejilla de Nara, suspiró derrotada. – Nunca quise ser una carga. Nara no supo qué contestar. La edad absorbía la fuerza de las personas, el precio por otro día más de vida era una pizca de juventud; un día, simplemente, ya no habría con qué pagar otro suspiro y la muerte reclamaría lo que le correspondía. La abuela estaba recorriendo un sombrío sendero y los arrastraba con ella. No es que la culpara, Nara quería a su abuela, pero tampoco podía negar que era muy pesado encargarse de otra persona aparte de sí. La tía Mary se portó muy buena onda cuando se ofreció a encargarse de la abuela más veces, Nara le agradeció muchísimo, les hacía un gran favor. La tensión aminoró un poco después de eso, pero aún existía un dejo de rencor en Nara, no podía perdonar tan fácil a su madre. La siguiente en querer joderse fue Ángela. Desde la noticia de la abuela, se había vuelto una rebelde. Contestaba mal, si llegaba de malas se volvía insoportable y se la vivía encerrada en su habitación. Comía muy poco y casi siempre hacía gestos de asco en cuanto le ponían un plato enfrente. Su madre también se la vivía peleando con ella, nunca tuvieron una discusión tan fuerte, pero los problemas eran igual de irritantes. Un día habló diciendo que estaba con un chico y que la policía los quería arrestar por estar en una “posición comprometedora”, no sonaba tan preocupada, más bien irritada y sin arrepentimiento. Nara creyó que si se sentía tan segura, no tenía por qué hablarles o tal vez la chica sólo quiso ponerse de orgullosa. Se armó un tremendo caos pasada la llamada, su madre fue a dónde se suponía que estaba su hermana y logró que el policía los perdonara (seguro le dio dinero). Su madre se enojó bastante, corrió al tipo con el que su hermana estaba y le pegó gritos capaces de oírse hasta la Luna, pero lo que más la enfadó fue que Ángela decía qué, de haber podido, se habría cogido al tipo ese y que no le importaba que la hubiesen sorprendido en un acto tan íntimo. Nara casi deseaba meterle un buen golpe para que se le acomodaran las ideas. Su hermana se estaba autodestruyendo y su madre y ella estaban demasiado ocupadas cómo para prestarle la atención que deberían. Un día, la chica se desquitó con alguien más. Cada fin de semana pasaban un día con su padre, era cómo había quedado estipulado en el trato de divorcio de sus padres. Pero detestaban tener que convivir con él, su padre seguía en una relación con la puta con la que engañó a su madre. Aunque no les había dicho, ellas lo sabían, tampoco era estúpidas. En parte lo habían perdonado y en parte no, pero era su padre y de alguna forma lo querían. Ángela estaba de pésimo humor aquel día, contestaba mal y estaba de grosera, y cuando su padre quiso ponerla en su lugar, ella lo puso a él. – ¡Ni siquiera vivo contigo! –Ángela gritó –. No tienes por qué darme órdenes. Tú tienes a una puta viviendo contigo, no puedes reprocharme el que sea grosera. – Soy tu padre, no tienes por qué hablarme así –su padre estaba por perder los estribos –. Quiero que te disculpes y que dejes de llamar… – No pienso disculparme, no lo mereces, tú nunca te disculpaste por engañar a mamá, por engañarme a mí. ¡Te odio! ¡No te soporto! Habría sido más fácil si estuvieras muerto. Nara apenas se atrevió a respirar. Nunca antes le habían hablado así a su padre, y siendo sincera, nunca creyó que Ángela fuera la que expresara tales palabras, aunque ambas lo pensaran. Ángela, cuyo héroe era su padre, había dicho que prefería que estuviera muerto. Nadie habló en el camino de regreso a casa. Ángela bajó del automóvil de un salto y corrió al interior de la casa. Nara estuvo a punto de seguir su ejemplo, pero su padre la detuvo. – Tu hermana está incontrolable –dijo en un tono cansado –. Hablaré con tu madre para ver qué podemos hacer por ella. Te pido de favor que apoyes a tu hermana en este momento tan complicado. Asintió para que su padre se fuera de ahí satisfecho, pero sinceramente no pensaba cumplir el favor de su padre; Ángela no quería ser ayudada, estaba autodestruyéndose y pensaba llevarse a cualquiera que pudiera con ella. Nara no estaba dispuesta a hundirse en el mismo agujero. Amaba a su hermana, pero se amaba más a sí misma. Los días posteriores a la discusión con su padre, Nara trató de acercarse a su hermana. No fue tan complicado, al parecer ambas tenían el mismo sentimiento de soledad y la compañía era aceptada. Eran cercanas, pero después de lo de la abuela, el lazo se había deteriorado. – No quiero que la abuela muera –dijo Ángela mientras abrazaba a Nara –. La quiero mucho, es una buena compañía. – Todos moriremos algún día –respondió –. Está escrito con tinta indeleble en nuestras células. Por suerte, la abuela sigue aquí, puedes disfrutar de ella aún. Pero la abuela se ponía peor cada día. Había perdido peso, el cabello desapareció, las fuerzas le flaqueaban muy a menudo y difícilmente podía bajar las escaleras por sí sola. Alguien tenía que estar a cargo de ella porque era peligroso que estuviera sola todo el día, ahora sí necesitaba compañía a todas horas. Ángela fue a terapia, su padre accedió a pagar las citas con la psicóloga y vaya que le sirvió, porque comenzó a volver a ser la chica de antes; un tanto sombría, pero era preferible a la chica rebelde e irritante. Debido a que su padre se encargaba de la terapia emocional, su madre, con ayuda de la tía Mary, pudo permitirse contratar a una enfermera que ayudara con la abuela. Al principio la enfermera Dora no le cayó muy bien, pero la abuela parecía satisfecha, así que ella tuvo que aceptarla. No era mala, al contrario, siempre parecía estar de buenas y trataba bien a sus pacientes, Nara quería seguir su ejemplo con sus futuros pacientes. Pronto comenzó a agradarle. Las cosas se calmaron un poco después de eso. Ya no había tensión en el ambiente ni se respiraba incomodad en cada rincón de la casa, las cosas volvieron un poco a la normalidad y todos pudieron darse un respiro. Nara se convirtió en una perra. Era una mala persona con sus compañeros de clase, los trataba mal, se burlaba cuando cometían equivocaciones. Sus compañeros de rotaciones la odiaban y con toda la razón. No le importó. Lo único que quería era obtener las mejores calificaciones, ser la alumna estrella de los doctores, dejar opacados a todos y terminar ese jodido año de una buena vez. Si quería triunfar en el mundo de la medicina y ser reconocida, entonces habría de hacer algo por lograrlo y pegarse a los doctores era la mejor forma de ganar contactos y puntos a su favor. Si su yo de primer año la viera, estaría decepcionada; incluso la detestaría. Aunque quería fingir que nada de lo que pasaba en casa le afectaba, no lo lograba. Su faceta de estudiante obsesionada con ser la mejor lo demostraba. Juan estaba encantado con esa nueva faceta en su vida, él también era el mejor en cualquier cosa que hiciera, siempre estaba detrás de los doctores y conseguía acceso a dónde un estudiante cualquiera nunca lograría entrar, ni siquiera Nara. Ambos eran igual de egocentristas y oportunistas; literalmente eran tal para cual. Diego comenzó a apartarse de ellos poco a poco, al parecer se veía abrumado por la mezcla explosiva que Juan y Nara eran cuando estaban juntos. Un día, simplemente, dejó de hablarles y salió de sus vidas. Poco les importó, estaban demasiado ocupados estudiando y aprendiendo en el hospital. – ¿Por qué crees que dejamos de agradarle a Diego? – Cuando la gente ve que sus iguales comienzan a convertirse en superiores –comenzó Juan –, la envidia se apodera de ellos. Diego era un buen amigo, pero nunca podría tener nuestra habilidad ni nuestro intelecto. Ahora que se dio cuenta, le pesa. Y dicho eso la besó con ternura. No creyó que Diego fuera inferior a ella, tal vez le costara más trabajo, pero no es que fuera tonto o poco hábil. Claro que no iba a discutir con Juan sobre eso, si Diego prefería ser amigo de idiotas que lo fuera, ella estaba a gusto. No lo necesitaba. Pronto se hicieron de un círculo social nuevo. Un tanto diverso, pero encajaron a la perfección, ninguno se estorbaba y no compartían objetivos en común; la competencia era nula, así que se volvieron los amigos perfectos. Su vida se reducía a ir al hospital, estudiar, dormir, comer, atender un poco a la abuela y follar con Juan los fines de semana que lo permitían. Era una rutina agotadora, había días en que lo único que deseaba al despertar, era volver el tiempo atrás y elegir una carrera distinta, observar más minuciosamente a su padre, hablar con el doctor de la abuela o con la abuela misma sobre su estado de salud, cuidar mejor de Ángela y darse tiempo para sí misma. Ya ni siquiera iba a sus clases de dibujo creativo, sus diseños quedaron plasmados en una carpeta refugiada en el olvido. Probablemente ahí se quedaría. Deseaba cambiar tantas cosas de su pasado, pero lo único que podía hacer era mantener la vista al frente. Estaba tan cansada, si le dieran a elegir entre volver a vivir aquella vida o elegir una nueva, en definitiva, cambiaría de vida. El tiempo pasó y el fin de año estaba por llegar. Estaba tan alegre que, si le decían que había sacado un 9, no se enojaría ni lo más mínimo. Estaba esperando que diera la hora para poder irse, cuando escuchó una canción que en algún momento le fue más conocida que la palma de su mano. “La última melodía” comenzó a sonar por el altavoz del teléfono de una de sus “amigas”, Diana era su nombre. La respiración se le cortó por una milésima de segundo, hacía años que no escuchaba una canción de Lucino. – Esa canción es viejísima –dijo un compañero –. Fue de las primeras en salir. – Y es buenísima, podría llorar si estuviese ebria, también iría a su concierto si tuviera dinero –Diana se encogió de hombros –. Cobran muy caro esos tipos. – No sabía que eres fan de Lucino. Nara no tenía idea. – Desde hace poco menos de un año –respondió la chica –. Se volvieron muy famosos en los últimos dos años, fueron a Inglaterra incluso. Había escuchado un par de canciones, nunca me obsesioné, pero el año pasado escuché “Con o sin dolor” y quedé fascinada. Conozco a una super fanática y dice que antes no cobraban tanto, la fama se les subió a la cabeza, siempre pasa. Nara sólo sonrió educadamente. Nunca supo que Lucino fue a Inglaterra ni que tenían una canción llamada “Con o sin dolor”. Hacía mucho tiempo que dejó de seguirlos en redes y de preocuparse por lo que fuera de los cinco integrantes. – También me dijo que la razón por la que el vocalista rubio salió, fue por querer terminar la licenciatura. ¿El vocalista rubio salió de la banda? Se refería a… – ¿Julio salió de la banda? Casi exclamó horrorizada, nunca imaginó que eso fuera posible. Los presentes le lanzaron una mirada extrañada, Nara no solía ser muy expresiva – Creo que sí es Julio…no me sé su nombre la verdad, me volví fan después de que abandonó la banda. Nara se quedó boquiabierta, la realidad es que le tomó por sorpresa la noticia. Supuestamente nunca más iba a preocuparse por lo que a Lucino aconteciera, pero eso no podía simplemente pasarlo por alto. Fue como una herida que nunca pudo sanar y que tapó a medias, pero ahora se abría. Llegó a casa por la tarde noche y cómo siempre, fue a ver qué tal estaba la abuela. Se encontró con la tía Mary en el camino, llevaba un vaso de agua en una mano y unas píldoras en la otra. – Hola, tía. – Hola, sobrina –la tía sonrió –. Qué bueno que has llegado, haremos junta familiar. Sus primos también estaban presentes, así que supuso que lo que fuera que estuviera pasando, era grande. Ángela se abrazó a su brazo cuando todos estuvieron presentes y listos para escuchar lo que estaban por decirles. Fue todo un acontecimiento que la abuela se levantara de la silla en la que reposaba y que hablara con voz clara y fuerte. – He decidido que ya no intentaré nuevos tratamientos ni terapias –dijo sin titubear –. No me queda mucho tiempo de vida y lo que resta quiero pasarlo sin sufrir. Quiero disfrutar lo que resta de mis días, espero que apoyen mi decisión. Nadie dijo nada, no era un secreto que la abuela ya estaba en la recta final de su vida, sólo era cuestión de tiempo para que se despidiera para siempre de ellos y siguiera el camino natural de la vida. Nara no puso peros, ni trató de hacerla cambiar de opinión, cada quien hacía lo que quería con su cuerpo, ella no tenía por qué juzgar. Sin embargo, esa afirmación sólo reafirmaba lo que todos sabían, la abuela estaba despidiéndose poco a poco y, tristemente, Nara no estaba lista para dejarla ir. El día en que concluyó el cuarto año de la licenciatura, quiso festejarlo cómo se debía; irían a celebrar a un club nocturno que tenía fama de ser exclusivo y caro. Uno de sus amigos nuevos tenía contactos en el club, así que no habría problema alguno en meterlos; siendo sincera, Nara no tenía preferencia por las cosas caras, ella no era snob, pero tampoco podía decir que no a una oportunidad como aquella. Se vistió con un vestido plateado y se calzó un par de tacones de 10 cm. Casi no se reconoció, parecía una chica distinta a la que vestía una bata blanca todos los días en el hospital. Se veía bien, incluso optó por usar rímel para las pestañas y trazó una delgada línea negra en el párpado superior de ambos ojos. Prefería mil veces a la Nara natural, pero un día que se arreglara no le haría daño. Juan pasó por ella, estaba muy atractivo. Al principio creyó que lo de ellos no duraría mucho, en un inicio todo fue diversión y risas, después tuvieron un bajón que amenazó con romper su relación. Posteriormente todo volvió a la normalidad y aunque últimamente no estaban en la cumbre de su noviazgo, tenían algo estable. Isela también fue invitada, Nara la invitó, eran muy amigas y hacía tiempo que no se veían. La apoyaba moralmente con palabras, siempre insistía en ir a ayudar con la abuela, pero Nara se rehusaba, ese era problema suyo y de su familia. Aun así, agradeció el apoyo. La fila de entrada al club era larguísima, la gente se amontonaba frente al gorila. Nara y Juan bajaron del automóvil que los había llevado y se acercaron al montículo. Alguien llamó a Juan por su nombre, se trataba de Marco, el joven que tenía el contacto. Les hizo una seña para que se acercaran. – ¿Qué pasa, hombre? –saludó Marco –. Estamos esperando a dos amigas mías y entramos. Nara saludó a sus compañeros, eran tres en total, cinco si se contaban ellos también. Isela llegó un par de minutos más tarde. Lucía radiante, el vestido color rojo realzaba su figura y los tacones n***o de 15 cm la hacían ver divina. Se dio cuenta de que Juan desvió la mirada a su escote por un breve segundo. No supo cómo reaccionar, sintió una punzada ligera de celos, pero no vio en hacer una escena por ello. El interior del lugar estaba perfectamente arreglado, había una zona VIP, salas lounge, la barra con meseros trabajando en las bebidas. Nunca había entrado a un lugar parecido, aunque no es cómo que ella frecuentara los bares y antros, ella no solía salir de fiesta. Todo se descontroló en poco tiempo, pidieron un shot por persona, nunca supo de qué era, pero sintió el alcohol raspar su garganta, así que supuso que era algo fuerte. La botella de Vodka que pidieron se acabó rápido, ella había tomado, pero no tanto como sus compañeros. Juan ya estaba por perderse e Isela estaba peor; lo malo de su mejor amiga eran sus nulos límites cuando de alcohol se trataba. Muchas veces llegó a hablarle ebria y perdida. Recibió una llamada de su madre cuando dio la media noche, decía que ya se dormiría y qué si planeaba quedarse con Juan o con Isela, que le mandara un mensaje avisando. Increíble, mi madre está irreconocible. Antes de Juan, jamás habría ocurrido semejante cosa, seguramente ni estaría ahí. Cuando volvió, vio a Juan hablando con un chico extraño, nunca lo había visto. Seguramente recién lo conoció. Nara se acercó y se detuvo junto a su novio. Juan apenas la peló, ni siquiera la tomó de la mano. Eso estaba pasando mucho últimamente, ya no había palabras bonitas, ni gestos cariñosos. Nara no era partidaria de lo cursi, pero extrañaba que Juan fuera como antes, ahora era un asunto algo más físico; ella misma pensaba que lo de ellos se volvía rutinario y aburrido, estable, pero monótono. No había tocado el tema aún, pero esperaba poder hacerlo pronto, sólo que no esa noche. Estaba distraída viendo cómo Isela coqueteaba con el mesero en la barra, le parecía muy gracioso, cuando Juan dijo una frase muy cliché y que no auguraba nada bueno. – Nara, tenemos que hablar. Lo dijo con tal seriedad, que Nara se preocupó. ¿Había hecho algo mal? No estaban en los mejores términos, pero tampoco creía que estuvieran a punto de irse a pique. – ¿Qué pasa? –Nara preguntó cuándo se posicionaron en un rincón no tan ruidoso –. ¿Todo bien? – No –Juan parecía un poco nervioso –. He querido decirte algo en el último mes, pero no había tenido el valor. Ya sabes, no quería echarte otra carga encima; ya tienes lo de tu hermana y tu abuela… Estaba confundida, ¿de qué carga hablaba? – Lo que quiero decir, es que ya no creo que funcionemos bien –Juan rascó su nuca –. Ya son vacaciones y me iré a Paris, luego entraremos al internado y todo será más difícil. La verdad es que quiero tener algo de libertad. – ¿Libertad para follar en Paris y en el internado? –Nara no podía creerlo, ni siquiera se enteró de que su novio se iba a Paris –. ¿Me estás cortando en medio del caos porque quieres follar sin sentir remordimiento? ¡Pudiste habérmelo dicho ayer o mañana! – Lo siento, me armé de valor y no pude dejar pasar la oportunidad. Eso simplemente estaba de la chingada, no sabía qué hacer o qué decir. La estaban botando en medio del antro y ella ya había avisado que no llegaría a casa. Su novio de un año la estaba dejando por promiscuo, ¿qué carajo con la vida? – Estoy pasando por el peor momento de mi vida y tú me cortas… – Lo sé, por eso no quería decirlo, pero no puedo guardármelo más. Nara rio, eso era tan absurdo. Juan estaba ebrio, ¿hablaría en serio? No le importaba, estaba siendo un idiota. – Vete a la mierda. Dio media vuelta, fue a recoger su bolsa y buscó frenéticamente a Isela. Fue cómo un deja vu, sólo quería huir de ahí lo más rápido posible. Los cuerpos se apretujaban unos contra otros y no la dejaban pasar, tuvo que dar un par de empujones para lograr abrirse paso y a pesar de todo, fracasó en la búsqueda de Isela. Estuvo cerca de media hora buscando a su estúpida mejor amiga, no contestaba los mensajes ni las llamadas, esa niña estaba buena para una emergencia (nótese el sarcasmo). Se dio por vencida, si no hallaba a Isela, ella la hallaría, sólo era cuestión de tiempo. Pasó al sanitario para vaciar la vejiga. Se sorprendió de ver un baño tan elegante y que oliera tan bien. Estaba impecable, al parecer aún no había víctimas del alcohol deshidratadas que debieran desintoxicarse mediante el vómito. Salió de la tranquilidad del sanitario para toparse con la gente ebria. Se alzó de puntitas para buscar de nuevo a Isela, debería estar por ahí, quedaron en que no se iría con nadie esa noche. Los encontró cerca de la barra, deseó no haber visto eso. Juan e Isela platicaban muy alegremente, su mejor amiga reía muchísimo y se detenía del hombro de su ex novio, al parecer estaba muy ebria…qué raro. Estaba por ir por ella, cuando ocurrió algo que le provocó un burbujeo intenso en el estómago; Juan acercó su rostro al de su amiga y la besó. La estúpida de Isela, le siguió el juego. Nara se carcajeó, ¿qué chingados? Por muy ebria que estuviera, nadie se besaba con el novio de su mejor amiga, y decía novio porque Isela seguramente no sabía que ya la habían cortado. Fue suficiente, sabía que su amiga era partidaria de la putería, pero no creyó que llegara a tal nivel. Se dirigió a la salida, estaba tan enojada que, si no se largaba de ahí, armaría una pelea. Sintió el empujón un segundo después de ver el cuerpo acercarse. Logró evitar una colisión que pudo ser dolorosa, lamentablemente para el chico, no pudo detenerse y se golpeó contra el suelo. – ¡Mierda! –exclamó Nara –. ¿Estás bien? Generalmente no le tenía agrado a la gente mala copa, pero el golpe pareció feo y se preocupó por el joven. Lo ayudó a ponerse de pie, al menos no había rastros de sangre ni de huesos rotos. El joven tardó un par de segundos en espabilarse, sí que el alcohol nublaba su mente. Le murmuró un “gracias” y dio un paso al frente, casi tropezó. Nara entró en un dilema, no tenía ánimos de lidiar con un ebrio, pero algo en el joven le dio ternura, así que se ofreció acompañarlo a dónde quiera que necesitara ir. – Gracias –volvió a decir –. Mis amigos están por allá. Señaló hacia la zona VIP, al parecer era un hijo de papi, alguien famoso o simplemente primo de uno de los socios del club. Juntos avanzaron a trompicones hacia los sillones acolchonados y las butacas amplias. Estaba abarrotado de gente, pero el chico se logró abrir paso y se dirigió a un joven quien estaba de espaldas. El joven ebrio trató de llamar la atención del que se suponía era su amigo, pero no lo logró, así que Nara lo jaló fuertemente del brazo. – Disculpa, compañero –dijo irritada –. Tu amigo está muy mal y… Christian Sosa se dio la media vuelta y la observó entre molesto y curioso. Nara se quedó muda y paralizada, tenía frente a ella al hombre del que creyó podría llegar a enamorarse, su maldito amor platónico estaba a escasa distancia de ella. Christian le echó un vistazo a su amigo y soltó una carcajada. Llamó a alguien por su nombre y otro chico se acercó. Ismael García apareció y se alzó imponente. Nara quedó boquiabierta, su corazón se habría detenido si eso no involucrara morir.
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