Dolor 2

1618 Palabras
Se caía de sueño. No quería sentarse o peor aún, recostarse porque corría el riesgo de caer dormida y no despertar hasta dentro de doce horas. La pésima suerte que cargaba desde hacía unos meses seguía acosándola. Después de todo lo ocurrido, aprendió la lección: no confiar. Listo, la mala suerte cumplió su trabajo, creyó que al fin se iría a buscar una nueva víctima…estaba equivocada. Al parecer la acompañaría por el resto de la jodida vida, o al menos el año. Un par de compañeros y ella fueron los primeros en hacer la guardia. Claro, cómo le tocó Rotación A, Cirugía, debió haberlo esperado. Y no sólo eso, además recibió un larguísimo monólogo sobre la responsabilidad y las prioridades por parte del residente. Su proceso de inscripción quedó incompleto, no entregó sus dos fotografías ni su comprobante de inscripción y aunque lo presentó hoy, casi tuvo que rogar que le permitieran quedarse en el hospital y comenzar el penúltimo año de la licenciatura. Con malos gestos y una máscara de desagrado, el residente de 27 años la mandó hacer varios trámites y le permitieron quedarse. Qué compasivos. Fuera de eso, la noche no estuvo tan pesada cómo esperaba, pero las horas de sueño sí le hacían falta. Desde primer año le advirtieron que no dormiría, pero no creyó sentirse agotada desde el primer día. Lo peor de todo era que dentro de dos horas debía presentarse a una estúpida plática sobre alguna estúpida cosa sobre el internado. El departamento quedaba a poco menos de media hora, podría bañarse y cambiarse, pero no dormir, ni siquiera por diez minutos. Vaya lío en el que estaba hundida. ¿En qué puto momento se le ocurrió estudiar esa perra carrera? No, no. La verdadera pregunta era ¿por qué eligió estudiar esa estúpida carrera? Hasta la fecha seguía sin saberlo, debió claudicar desde primer año, siempre supo que…ya basta. Fue suficiente. Nara eligió estar ahí, sacrificó mucho por llegar. Hubo altas y bajas en el camino, pero a pesar de todo, logró llegar a un nivel que muchos compañeros deseaban. Muchos claudicaban en el camino, muchos otros se quedaban estancados. Ella había seguido, de alguna forma había sobrevivido y no pensaba desperdiciar tantos años. En poco tiempo se convertiría en un médico, sí, uno más del montón, pero llegaría a ser lo que se propuso. Eso debía ser más que suficiente motivación, “arriba y adelante”, cuando volteara atrás, se reiría de tanto sufrimiento sin sentido. Recordó con amargura su primer año; entusiasmada, con dudas, pero optimista. Era amigable, no tanto, pero trataba de encajar y se encariñaba fácilmente. Tenía lo que en ese entonces pensó que eran amigos y se sentía alegre. Una chica de 19 años, tonta e ignorante del mundo, inocente, incapaz de pensar tan mal de la gente. Sí, esa era ella cuatro años atrás, si pudiera volver, se advertiría acerca de todo. Maldita sea, se obligaría a tomar una senda distinta. Segundo año fue igual de inmaduro, estúpidas materias, noches de desvelo infinito y preocupación por conservar amistades o sentirse nostálgica por la separación. Sí, seguía siendo inocente. El tercer año fue malditamente decisivo. Ahí se vio la competencia, los mejores promedios elegían plazas, el internado estaba cada vez más cerca y ese sentimiento de apoyo mutuo y hermandad de primero y segundo se disolvió. Hospitales, rotaciones, doctores cuyo único fin era exprimir su autoestima hasta que nada quedara…no todos, pero sí varios. Oh, sí, no podía olvidar su relación amorosa con el idiota ese, todo comenzó a finales de tercero y si hubiese sido lo suficientemente inteligente, habría terminado antes del comienzo del siguiente año. Menuda de problemas que se habría ahorrado. Cuarto fue tranquilo, monótono y no tan perro. No diría que su mejor año, pero definitivamente no fue el peor académicamente hablando. Ah, pero quinto…el puto internado, las jodidas guardias, la prueba más difícil. Iba el primer día y apenas soportaba, pero aguantaría. La competencia fue reñida desde tercero y ella no quedaría rezagada, después de todo, en palabras de alguien más, ella era “una maldita manipuladora que consigue lo que quiere.” ¿Y qué quería? Ser la mejor, aprender del mejor y terminar todo de una jodida vez. Un sonoro pitido la sacó de sus amargos pensamientos. La pantalla del teléfono indicó que se trataba de su hermana…esa vez en llamada telefónica. No podía evitarla por siempre, no a ella. Contestó. –        ¿En qué puedo ayudarte, querida hermana? –        La inestable Nara se ha dignado a contestar, yo creía que te perdía para siempre –la voz de su hermana era como un consuelo –. Me dejaste intrigada y preocupada con tu mensaje, tan mal estaba que le dije a mamá… –        No puede ser –eso era lo que menos necesitaba –. Te dije que no… –        ¡Tranquila! Se iba a enterar de todas formas. No pareció enojada, más bien aliviada. Claro que se sentía aliviada, siempre lo haría. Tener a su hija de regreso, no soltarla nunca, tenerla vigilada. Es lo que siempre hizo y cuando se rebeló, su madre le juró que regresaría adolorida, que se arrepentiría y que ella no estaría para Nara. “Nunca se elije a alguien sobre la familia”, había dicho. Y tal vez fuera cierto, pero su madre no era exactamente la mejor familia. –        ¿Tienes tiempo para tu ángel en forma de hermana? –siempre tendría tiempo para ella –. Pasaron tantas cosas, si necesitas apoyo, sabes que soy toda oídos. Eres la persona a la que más quiero. Nara lo sabía, su hermana era su confidente, su amiga y consejera, aunque fuera de menor edad. Y la quería, vaya que lo hacía. Fue por eso que sacrificaría un poco de sueño por ella. Quedaron en verse después de la plática en el hospital. Y entonces le contaría, se desahogaría sin soltar una sola lágrima. La reconoció inmediatamente, no fue sólo su físico tan divertido, si no el aura a su alrededor, no la veía, pero la sentía. Era única. Ángela la vio hasta que casi la tuvo encima, soltó un gritito de emoción o alegría y se abrazaron fuertemente. Eso es lo que Nara necesitaba, un consuelo, apoyo de alguien conocido, alguien que la quisiera incondicionalmente. Y siempre tenía a su ángel con ella, su ángel en forma de hermana. –        ¿Quién es esta Nara tan cariñosa? –Ángela casi gritaba –. Dime quién eres y devuélveme a mi hermana. Estaba idéntica. La última vez que la vio, ella no sonreía cómo ahora, pero en aquel entonces sus ojos sonreían por ella, no necesitaba verla en sus labios para saber que se alegraba por ella. –        Lo siento –Nara se soltó gentilmente –. Necesitaba algo reconfortante. Echó un vistazo por encima del hombro de Ángela, casi esperaba ver a su madre asomada por una ventana de los automóviles estacionados o escondida detrás de un árbol. Sabía que no habría nadie, su madre se negaría a verla a menos que fuera para disculparse y ella no lo haría. Y su madre tampoco se disculparía, estaban jodidas. Salieron del estacionamiento tomadas del brazo, tomaron camino al parque cercano a su casa, no era muy amante de la naturaleza, pero era el mejor lugar para hablar sin arriesgarse a los oídos curiosos. Se sentaron en una banca y entonces dejó salir una profunda exhalación, estaba lista. Debía sacar todo, expulsarlo del organismo y así lograría recuperarse pronto. Era como las enfermedades; una vez que todo lo malo era desechado, todo mejoraba con el tiempo; las células del cuerpo comenzaban a sanar. No fue ella quien inició, no tuvo el valor, después de todo sí era una cobarde. Cuando se lo gritaron en la cara ella se defendió, juró ser valiente y segura, pero ahora se daba cuenta de la verdad; Nara era una cobarde. –        No tienes que contármelo todo –Ángela la animó con voz dulce –. Ni siquiera tienes que contarme, sólo hablemos de cosas triviales, como antes. Como antes. Esas dos palabras decían mucho. Apenas dos meses separadas y su relación ya tenía un “como antes”. Lo arruinó todo, su vida, su familia, su dignidad; por los mil demonios, por pura suerte no arruinó su historial académico. Antes hablaba de cualquier cosa con su hermana, desde tonterías hasta asuntos importantes que requerían confianza…y por puro capricho destruyó ese lazo entre ellas y ahora Ángela simplemente lo olvidaba. Ignoraba la traición y el corte de comunicación; dos jodidos meses sin saber un carajo de ella y su hermana actuaba como si Nara no la hubiese lastimado. De no haber estado tan firme en su decisión de no llorar, habría derramado gruesas lágrimas. –        No –Nara debía mantenerse fuerte, decirlo sin rodeos, era la única forma –. Te voy a contar todo, debo hacerlo. Ángela sonrió comprensiva, verdaderamente era un ángel. Era increíble que una chica de 19 años, estudiante de letras clásicas, fuera la mismísima guardiana del cielo. Agradeció a quien fuera el creador de la vida por darle a alguien tan especial en su existencia. Todos y cada uno de los que pensó que quería le fallaron, la decepcionaron, pero no su hermana. Merecía la historia completa, sin adornos y engaños; pura sinceridad. Relataría los hechos tal y como eran y entonces se liberaría. –        Hubo una vez en la que creí saber lo que necesitaba, pensé que sabía lo que era mejor para mí. Tomé una decisión de la que ahora me arrepiento, cometí el error de confiar en lo que los ingenuos llaman amor…y lo perdí todo.
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