—¿Y tú no estás obsesionada también? —susurró él, su voz con esa gravedad que me erizaba la piel—. ¿No sueñas con que te tome contra este espejo? ¿Con que te quite esa maldita ropa y te recuerde a quién perteneces? —No pertenezco a nadie —contesté, pero mi voz tembló. Él sonrió de lado. Una sonrisa peligrosa. —¿No? ¿Seguro? Su mano se alzó y me tomó del mentón. Su tacto era firme, exigente. Me obligó a levantar la cara y mirarlo. —Porque yo siento que tu cuerpo me llama, incluso cuando bailas para otros. Cuando sonríes fingiendo que no me ves entre la multitud. Cuando te tocas como si fueras libre. Mi respiración se cortó. Mis piernas, traidoras, se tensaron. Su cercanía me desarmaba. Él era tormenta. Era caos. Y a mí, maldita sea, me encantaba. —No me provoques, Killian. —¿O qué?

