+CATALINA+ Estoy furiosa. No... no es furia. Es un incendio. Me arden las venas. Me late el corazón como si me lo estuvieran golpeando con un martillo. Las manos me tiemblan. Me arde la cara. Los ojos me queman. Y no sé si es rabia, vergüenza o las dos cosas juntas. Solo sé que estoy en el auto, gritando como una loca, y Leonardo va al volante con la mandíbula apretada, los nudillos blancos por cómo sostiene el volante. Y no me importa. No me importa un carajo si le molesta mi voz o mis palabras. —¡La abrazabas! ¡A ella! ¡A esa… esa perra! —escupo sin filtro, cada sílaba afilada como un cuchillo—. ¡¿Me puedes explicar qué mierda estabas haciendo, Leonardo!? Él no responde. Qué típico. —¡¿Te gusta, eh?! ¡Seguro te encanta que se te tiren encima esas desesperadas con carita de vírgenes

