Cuarenta y Nueve. El silencio los invadió en cuanto abrazaron el éxtasis y terminaron abrazados con sus ojos cerrados tranquilos oyendo los latidos del corazón del otro. Santino no dejaba de acariciar su hombro y de vez en cuando jugar con los mechones de su cabello. También, gustaba de acariciar con la yema de sus dedos su rostro y al llegar a sus labios los delineada con tanta dulzura que los nervios hacían que ella contuviera la sonrisa. - ¿por qué quieres reírte? – susurra tan bajo que cualquiera pensaría que no quiere que lo escuchen puertas afuera. Ella solo abrió sus ojos y se le quedó mirando. No quedaba nada de aquel hombre frío e insensible que había conocido, al que no le importaba nada de lo que podía sentir, de la que solo le interesaba saciar sus ganas de l

