Transcurría un cálido verano en 1999 en mi bella ciudad en México. Muchas de mis amigas viajaban con sus familias a distintos centros turísticos y yo me quedaba sola en casa con mi padre que todo el tiempo estaba borracho por la pérdida de mi madre y mi hermano que nunca se encontraba en casa, en ocasiones ni siquiera legaba a dormir. Era muy mujeriego y la muerte de mi madre lo había hecho aún más distante de mi padre y también de mí. A veces tenía la desfachatez de traer a sus novias a la casa y por las noches podía escucharlas gemir y gritar como bestias jadeantes y hambrientas de lujuria y placer. Las hacia gritar de manera agresiva y violenta, y la cama rechinaba y se movía estruendosamente al compás de aquellos chillantes gemidos y gritos. A mi padre no le importaba mucho eso, él se

