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798 Palabras

Al oír el dindon del timbre llegué lo más rápido que pude, no quería que los vecinos viesen tantas cosas extrañas, al menos no en un solo día. — Joder...— entró cojeando, estaba hecho una piltrafa.—lo siento mucho. —¿Qué te ha hecho cambiar de idea? — iba a contestar pero me interrumpió antes.—¿Te importa si me siento?—hice un gesto para acceder. —Primero deja que te cure.— fui al baño y saqué el botiquín, siempre procuraba tenerlo a mano.—No soy buena cocinera, pero esto se me da mejor. — dejé el botiquín sobre la mesa y fui a la cocina para sacar unos hielos del congelador y envolverlos en distintos trapos. —Parece que sabes lo que haces.— trataba de disimular el dolor pero hasta para un inmortal debía ser desagradable. —Ten, para las contusiones.— coloqué los hielos en la espinill

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