Aquella noche Ray no fue capaz de hacerle daño. La llevó a la cama, a su cama, y la arropó con cariño. Sabía y sentía que no podía demostrar debilidad en caso de que en realidad se tratara de Marina, pero su corazón sabía muy bien que se trataba de su antiguo y único amor. Tras hablar con Ricardo, se enojó más, incluso amenazó con quemarla, cosa que sí estaba dispuesto a hacer, pese a que mi hermano le aseguró que no era a Marina a quien teníamos secuestrada. ―Debes dejarla ir ―le dije, sabía que aquello lo exacerbaría mucho más, pero solo así podría darse cuenta de lo que sentía por ella. ―No. ―Caminó hacia afuera de la casa. ―Vamos, Ray, no puedes darle en el gusto a Ricardo. ―Le seguí. ―Si la dejo ir, le daré la razón y en el gusto a Ricardo. ―Pero ella no tiene la culpa de lo

