CAPÍTULO DIECINUEVE (CONVALECIENTE)

1757 Palabras

El reloj marcaba las tres con veintidós. Afuera, el hospital dormía en un silencio apenas interrumpido por el zumbido de luces frías y el caminar apurado de algún enfermero de guardia. En la habitación privada. No me había movido desde que se quedó dormido. Sentada en el sillón junto a la cama, con una manta doblada sobre las piernas y los ojos ardiendo por el cansancio, observaba su rostro. Estaba más tranquilo ahora. La ceja suturada, la piel amoratada, el brazo inmovilizado con el yeso. Cada detalle hablaba de la violencia que había sufrido, y sin embargo, había una paz en su rostro que no le había visto en días. No entendía por qué me costaba tanto alejarme. Por qué, aún con todo el daño y la rabia acumulada, seguía allí, pendiente de su respiración. Tal vez porque en esa habitación

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