Me estaba abrochando los últimos botones del vestido cuando escuché su voz desde el pasillo. —¿Lista para salir? La puerta de mi habitación estaba entreabierta, y su figura se recortaba contra la luz cálida del atardecer. Llevaba una camisa oscura, abierta en el cuello, y el cabello peinado hacia atrás. Se había afeitado. Hasta su yeso parecía parte del conjunto. Lo observé con detenimiento. Era tan fácil mirarlo cuando no estaba mirando. —Dame dos minutos —respondí, girándome hacia el espejo. Me recogí el cabello en una trenza baja. Tomé el labial más suave que tenía y me lo apliqué con manos rápidas, casi temblorosas. Había algo en salir a cenar con él que se sentía demasiado... íntimo. Demasiado real. Rael apoyó el hombro bueno contra el marco de la puerta y me observó en silencio

