Veinte años atrás
Alicia
Sentí que alguien me tocaba. No… me sacudían, con desesperación.
Abrí los ojos.
—Ali… cariño, levántate —la voz de Cedric era urgente, casi rota.
—¿Qué pasa? —pregunté, apenas consciente, hasta que lo vi. Tras él, el pasillo ardía. El fuego trepaba por las paredes, consumiéndolo todo.
—¡Dios mío!
—Tenemos que salir de aquí —dijo. Pero lo imposible ya estaba ocurriendo. La puerta estaba envuelta en llamas. El calor era insoportable. Me pasó mi abrigo y me miró… como si fuera la última vez.
—Sal por la ventana. Yo iré por Amanda.
—¡No! No puedo… no sin ustedes. No sin ti.
—Cariño… —dudó—. No hay tiempo.
—¡Corre! ¡Ve por Ami!
Con el corazón golpeándome el pecho, avanzamos hacia el fuego. Cedric me empujó fuera de la habitación justo a tiempo. El fuego rozó mi mano y sentí el dolor arder hasta los huesos. Él se quitó el abrigo; las llamas lo habían alcanzado.
El humo era espeso. La casa crujía, gemía como si llorara. Tosí, me ardía la garganta. Abajo, los gritos de una de las empleadas se alzaron… hasta que cesaron. Un silencio tan profundo como la muerte.
—No la escucho llorar… —susurré, con la voz quebrada—. No escucho a Ami.
—Debe estar dormida —dijo Cedric, y su voz era más un ruego que una certeza—. Vamos.
A medida que nos acercábamos a la habitación de Amanda, el humo se volvía insoportable. No podía respirar. Y entonces…
—¡Cuidado! —gritó Cedric.
Un estruendo. Una viga cayó. Él me empujó, otra vez, protegiéndome.
—¡Cedric! —me arrodillé a su lado. Estaba atrapado.
—Ve… por Ami —jadeó—. Ella te necesita. Ve…
—Volveré por ti. Lo juro.
Me alejé, con el corazón destrozado. Empujé la puerta de su habitación. Dentro, Amanda dormía. La tomé en brazos. Despertó con un gemido, confundida.
—Estoy aquí, mi amor. Todo va a estar bien —mentí.
Con ella en brazos, salí corriendo de la habitación. El pasillo era un horno. Y de pronto, un rugido… un segundo de silencio absoluto…
Y la explosión.
Una onda brutal nos arrojó hacia el ventanal. Sentí que el mundo se partía. Amanda salió despedida de mis brazos. Yo volé junto a trozos de madera, cristal y fuego.
Oscuridad…
Silencio…
Mi familia…
Mi mundo fue destruido esa noche…
Nadine
Actualidad
Tarareo una canción mientras acomodo unos arreglos, la tarde ha sido tranquila más que cualquier otra, levanto mi vista a través del cristal puedo ver el cielo totalmente despejado, es hermoso. Sonrió, mi tío dice que debo sonreír a pesar de lo mal que la este pasando, regalar sonrisas a veces cura el alma.
«Nadine no importa lo malo que sea el mundo contigo, nunca les des el privilegio de verte destruida, levanta la cabeza y sonríe como si no te importara» —es lo que mi tío siempre dice, pero a veces sentía que nadie merecía mis sonrisas.
En muchas ocasiones el mundo ha sido malo conmigo, bueno… sería las personas que en el habitan, muchas chicas se burlaban de mi porque en los festivales nunca estaba mi papá o mamá, pero no me importaba, sabía que ellos me observaban desde el cielo y además tenía a mi tío siempre conmigo.
No recuerdo a papá o a mamá, no tengo nada de ellos, mi tío dice que todos los recuerdos quedaron en nuestra antigua casa y él no tuvo acceso a ella después de que murieron, pero siempre habla de lo mucho que me parezco a mamá, quisiera saber si eso es verdad.
No tengo memoria de nada que tenga que ver con mis padres, solo recuerdo que de pequeña solía tener muchas pesadillas, no lograba ver nada, solo escuchaba una dulce voz qué me decía que todo estaría bien y luego sus gritos, es horrible, siempre me despertaba llorando.
…
Este día tenia un evento al que Santiago quería que lo acompañará, eso no era muy de mi agrado, pero no quería discutir con él por un simple evento.
Santiago era mi novio desde hace dos años, a mi tío no le agrada mucho, pero Santiago es un buen hombre o al menos lo era cuando se acercó a mí. Nos conocimos en la universidad y a él le intereso mucho la chica linda y dulce de las flores, muchos me rechazaban por ser una florista o bueno en ese entonces solo era la ayudante de la floristería, la razón por la que me veían de menos era porque todos son personas de una buena posición, hijos de políticos y herederos, si yo estaba en esa universidad era porque tenía una beca completa, estudiaba, pero me había enamorado de las flores y ahora solo quería tener esa floristería.
Me puse un vestido color rosa pálido, creo que se me veía muy bien, es largo y escote corazón. Prefería los vestidos estampados aunque me hicieran ver como una niñita, pero me sentía bien con ellos. Ya estaba lista para ir a esa fiesta…
…
Demasiado ruido. Demasiada gente. Demasiado brillo.
Desde que entramos al salón principal, sentí que no encajaba. Todas esas personas con sus sonrisas perfectas, hablando de cosas que no entendía —ni quería entender—, como si el mundo fuera una burbuja de cristal que nunca se rompe.
Santiago parecía en su elemento. Saludaba, reía, hablaba de negocios con hombres de traje que me miraban como si yo fuera un accesorio más.
—Vuelvo en un momento —me dijo antes de besarme la mejilla y desaparecer entre la multitud.
No lo dudé. Escapé por la primera puerta que encontré, rezando por algo de aire. Y lo encontré: una terraza tranquila, con luces cálidas colgando y flores… muchas flores. Arreglos grandes, caros, perfectos. Pero aún así… flores.
Me acerqué a una dalia vino tinto y rocé los pétalos con los dedos. Por un segundo, me sentí yo otra vez. La chica de la floristería, la que pasaba las tardes entre ramos y aromas dulces, lejos de este mundo que no me pertenece. Sonreí sin dejar de observar la hermosa flor.
—No muchas personas aquí se detienen a mirar las flores —dijo una voz ronca detrás de mí.
Me giré, con el corazón a medio salto.
Un hombre se acercaba. Alto, elegante, seguro de sí mismo… y con una copa de vino en la mano. Tenía esa clase de presencia que no se puede ignorar, como si el aire se volviera más denso a su alrededor.
—Supongo que me siento más cómoda con ellas que con la gente de aquí —dije, quizás demasiado honesta.
Él me miró, como si intentara descifrarme.
—¿Florista?
Parpadeé, sorprendida.
—¿Tan obvia soy?
—No —respondió—. Es solo que nadie más las tocaría con tanto respeto.
No supe qué contestar. Bajé la mirada y sonreí un poco. Sus palabras no sonaban a halago, más bien a observación. Y eso, de algún modo, me desconcertó aún más.
—¿Y tú? —pregunté, tratando de recuperar el control—. ¿Quién eres?
Él dio un sorbo a su copa antes de responder.
—Digamos que soy uno de esos invitados que no quería venir. —Hizo una pausa. Me miró. —Pero ahora me alegro de haberlo hecho.
Me tensé. Su mirada era intensa, demasiado directa. Y aunque no decía nada indebido… me hacía sentir vulnerable.
—Mi novio está adentro —solté, como escudo.
—Lo noté —dijo él, sin inmutarse—. Pero tú no parecías disfrutarlo.
Abrí la boca, pero no dije nada. No porque no tuviera una respuesta, sino porque no quería admitir que tenía razón.
En ese momento, alguien lo llamó desde la puerta:
—¡Dante! ¡Tu padre quiere hablar contigo!
Él giró la cabeza, respondió con un gesto y luego volvió a mirarme.
—Debo irme —dijo. Y antes de irse, añadió con una calma que me dejó helada—: Espero que esta no sea la última flor que vea contigo al lado.
Y se marchó.
Yo me quedé ahí, entre luces suaves y flores perfectas, con el corazón latiendo más rápido de lo que debería.
Ni siquiera sabía quién era él… pero algo en mi interior ya sabía que mi vida acababa de cambiar.