Dante
La hermosa desconocida había terminado su relación con ese idiota de Santiago, aunque él parecía incapaz de aceptarlo. Me había llegado información de que planeaba comprar la floristería y, como el mal perdedor que es, usarla para retenerla.
No sé qué tiene ella que me provoca tanta curiosidad. A veces siento que ni siquiera puedo pronunciar su nombre, como si algo me lo impidiera. Joder, es solo un nombre… ¿por qué demonios no puedo decirlo?
Mi intención era adelantarme a Santiago y adquirir el lugar antes que él. No lo haría por simple competencia; me gustaba la idea de que ya no estuviera con él… pero, sobre todo, me gustaba la idea de que estuviera más cerca de mí.
—No… no entiendo a qué se refiere —susurró, mirándome con desconfianza.
—Solo quiero conocer más de ti —respondí, con calma y la voz baja, como si quisiera atrapar su atención en cada palabra.
La verdad es que ella me atrae de una forma en que nadie más lo ha hecho. Desde que la vi aquella noche en el evento, no puedo sacarla de mi cabeza. Y necesito saber por qué.
He pasado años rodeado de gente falsa y codiciosa, y nada de eso me ha afectado. Sin embargo, esta mujer… está logrando volverme loco al no salir de mi cabeza. La pienso desde que me levanto.
Ella es un misterio. Un misterio envuelto en fragilidad y fuerza al mismo tiempo, y eso me arrastra como una polilla a la luz. Las polillas no saben que morirán al acercarse, pero yo… yo no soy una polilla, se a lo que me acerco y se que no corro peligro. Así que estoy eligiendo acercarme a la luz sabiendo que saldré ileso.
Y su belleza… no puedo negarlo. Es tan evidente que sería un pecado no notarla. Un deseo, nuevo y urgente, ha empezado a crecer en mí. Un deseo que nunca antes había sentido por otra mujer. La quiero… la quiero más de lo que estoy dispuesto a admitir.
—Los hombres son todos unos idiotas. No sé lo que en verdad pretendes, pero no me venderé, aunque ame este lugar… —dijo con la voz firme, aunque su mirada temblaba.
Me incliné apenas hacia ella, dejando que mi sombra la cubriera.
—No te estoy comprando —dije despacio, con la certeza de que cada palabra llegara hasta lo más profundo— solo quiero que conserves este lugar que estoy seguro que amas demasiado.
Si ella no amara este lugar, Santiago no estaría intentando quedarse con él.
—Si aceptas trabajar para mí, seguirás teniendo tu espacio aquí, en esta floristería —dije, manteniendo la voz firme—. Quiero que cumplas tus obligaciones, por eso estoy dispuesto a adueñarme del lugar… para que siga siendo tuyo, al menos en lo que importa.
La desconfianza brillaba en sus ojos, junto con una duda evidente. Sabe que rechazarme podría ser peor que aceptarme.
—¿En qué sentido quiere conocerme? —preguntó, con un tono que no lograba ocultar la tensión—. Amo la floristería, amo cada una de las flores y estar rodeada de ellas… pero no me usaré como moneda de cambio.
Sonreí. Me encanta su forma de hablar. Se mantiene firme, aunque por dentro tiemble.
—Además, no trabajaré para usted. Solo seré la florista de su empresa.
—No busco nada más que aceptes mi trato. Serás mi florista… y en el próximo evento que tendré, quiero que seas tú quien me acompañe. Quizás te pida salir un par de veces más, pero solo cuando necesite tu compañía —confesé, aunque no era la parte completa de la verdad. Quiero tenerla cerca. Lo deseo. Y ni yo entiendo por qué. Puedo tener a cualquier otra… pero algo me arrastra hacia ella.
—¿Dejaré de ser el adorno de Santiago para ser el suyo? No me cabe duda de que son unos idiotas.
—No me compares con ese imbécil —dije entre dientes, sintiendo cómo se me tensaba la mandíbula.
—Será mejor que se vaya. No pienso aceptar. No voy a ser manipulada por usted, ni por nadie. No seré el adorno que le cuelgue del brazo. Ni siquiera lo conozco. No sé sus intenciones. Por más que ame este lugar, no quiero que… —su voz se quebró. El coraje empezó a desvanecerse, reemplazado por algo mucho más frágil. Sus ojos se humedecieron y trató de disimularlo.
Sentí un golpe en el pecho. Por un segundo, quise acercarme y abrazarla. Me sentí como un idiota… y tal vez sí estaba actuando como Santiago. Pero no le estaba pidiendo que se acostara conmigo —a menos que ella lo quisiera—. Lo que quería era ayudarla… y entender por qué su mirada me atrapaba así.
Está claro que no ha tenido un buen día, y yo no estoy ayudando. La necesidad de consolarla me punzaba en el pecho. Decidí que era momento de irme.
—Piénsalo. No te estoy pidiendo mucho. A veces hay que hacer esfuerzos por lo que queremos. Te enviaré el contrato de nuevo. Serán seis meses en los que abastecerás mi empresa con flores. En ese lapso, la empresa realizara tres eventos, y quiero que estes a mi lado en cada uno de ellos. Ganarás bien y, al terminar el contrato la floristería será tuya. No sé a cuántos eventos deba asistir yo en ese tiempo, pero quiero que estés conmigo. —era una de las formas que tenía para estar cerca de ella— Hasta luego… desconocida.
Ella me sostuvo la mirada, y supe que en su cabeza se libraba una batalla.
No aparté los ojos de los suyos. Hay algo en esa mirada que no puedo descifrar… pero no importa cuánto tiempo me lleve. Voy a verla a los ojos siempre que pueda y voy a averiguarlo.
Nadine
El corazón me late con fuerza. Su mirada es intensa… como si buscara algo en mí, algo que ni yo misma sé si existe.
—Hasta luego, señor Di Luca —le digo. No puedo despedirme con un “adiós” porque tengo la sensación de que volveremos a encontrarnos.
Él sostiene mi mirada un segundo más, como si quisiera grabar mi rostro en su memoria, y entonces se da media vuelta. Sus pasos son firmes, seguros, como si cada movimiento estuviera calculado. El leve roce de su abrigo al caminar y el eco de sus zapatos contra el piso parecen quedarse flotando en el aire, impregnados de su presencia. Justo antes de salir, se detiene un instante, ladea la cabeza apenas… y sin decir nada, cruza la puerta.
El silencio que deja tras de sí es abrumador. Es como si el espacio que ocupaba ahora me pesara, como si hubiera robado el aire y lo hubiera llevado consigo.
Dante o Santiago.
Es evidente que no volveré con Santiago, no después de todo lo que me dijo… pero si él me ve con Dante, creerá que tenía razón desde el principio.
Miro a mi alrededor. Cada rincón, cada flor, cada aroma es parte de mí. No voy a perderlo. No voy a dejar que Santiago me vea derrotada. Siempre me ha menospreciado por ser “solo” una florista, como si eso me hiciera menos, lo hacia disfrazando sus palabras y ahora es que puedo verlo con claridad. Aprieto los puños con fuerza.
Mi única salida… es Dante.
Solo seis meses. Ese es el trato. Después, la floristería será mía. Eso es lo que él ofrece y, aunque quiera convencerme de lo contrario, sé que deseo aceptarlo.
Santiago está mostrando un lado que nunca conocí. Y Dante… Dante también tiene oscuridad, la veo brillar en sus ojos, pero hay algo distinto: él no la oculta —aunque tal vez oculte otras cosas—, puedo ver que es frío.
Todo en él grita peligro… y, aun así, me atrae. Tal vez no sea tan malo. Al menos, no como Santiago, que se disfrazó de hombre dulce para luego convertirse en todo lo contrario.
Respiro hondo.
Espero, de verdad, estar tomando la decisión correcta.
El invierno llegará más helado esta vez… crujirá en mí, me romperá y me obligará a ver quién soy en verdad.
Y sé, con cada fibra de mi ser, que el invierno está a punto de llegar.
Dante
Camino hacia la puerta sin dejar de sentir el peso de su mirada en mi espalda.
No debería importarme, pero me importa.
La quiero cerca, aunque aún no entienda por qué.
El viento frío me recibe afuera, helando mis manos. Por un instante… lo siento.
El invierno aún está algo lejos, y ya se adelanta en el aire.
Este año llegará más helado… y aunque no lo sé aún, también crujirá en mí.
Las tormenta serán fuertes, pero será más fuerte la que azotará mi corazón.