3. Desconocida

1656 Palabras
Nadine ...Aparté la mano con suavidad y fingí una sonrisa. —¿Nos vamos? Me está empezando a doler la cabeza —mentí. Él dudó un segundo y luego asintió. —Claro —dijo con tono tranquilo, aunque sabía que no lo estaba. Mientras salíamos del salón, su brazo volvió a rodear mi cintura como si nada hubiera pasado. Y aunque yo quisiera hacer lo mismo —hacer como si nada—, no podía. Porque recordaba sus palabras, a ese hombre... Esa mirada imposible de sacar de mi cabeza. Santiago me ayudó a subir al auto y luego lo encendió. Comenzó a conducir. Lo noté tenso, pero lo ignoré. Fijé mi vista en el camino; solo quería llegar a casa y descansar. —¿Te gustó él, no es así? —preguntó de pronto, sin apartar la vista del frente. Me giré a verlo, confundida. —¿Qué? —Él te gustó. ¿Me lo vas a negar? Suspiré. Sabía que no se quedaría tranquilo, pero pensé que bastaría con lo que hablamos en el salón. —No seas ridículo, Santiago. Que lo haya visto no significa que me guste —rebatí. Él rió sin gracia. —¿Ridículo? ¿Por notar cómo mi novia miraba a un desconocido? Te pusiste tensa cuando se acercó, Nadine. No apartabas los ojos de él. —¡Joder, Santiago! Eso no significa nada. Ni siquiera sé quién es. —Pero te intriga —replicó—. Ahora ya sabes su nombre. Puedes investigarlo si quieres. —¡Claro que no! No me intriga, y mucho menos lo voy a investigar. No me interesa —mentí de nuevo. El silencio cayó entre nosotros como cuchillas. Santiago apretaba el volante con fuerza; sus nudillos se pusieron blancos. Estaba molesto. Mucho. Jugué con mis manos, nerviosa. Odiaba haberme fijado en Dante. Me llevó hasta su departamento. No quería molestarlo más, pero hubiera preferido que me llevara a casa. —Santiago… esto no es por él —dije con voz suave. Él se detuvo en la sala—. Hay algo entre nosotros que ya no está funcionando, y eso no empezó esta noche. Santiago se giró y me clavó la mirada. —Claro, ahora resulta que hay un problema que viene de antes. Qué conveniente. —¿Conveniente? ¿En serio? —di un paso hacia él—. ¿Tú crees que me gusta sentirme invisible en tu vida? ¿Que me presentes como un adorno más? ¿Como la “florista exótica” entre todos tus trajes y contratos? Su mirada se endureció. —Ya te dije que no eres invisible para mí. Solo quiero que tengas otra vida. Que no te quedes en esa maldita floristería. —¿Y qué importa si soy una maldita florista? A mí me gusta estar entre flores. Y tú no lo entiendes. Entré en tu vida creyendo que me aceptabas tal como soy. Y jamás voy a dejar de serlo —dije con firmeza. —¿Y qué quieres? ¿Vivir toda tu vida haciendo arreglitos de flores y ganando tres pesos? —¡Sí! Porque es lo que amo. Y solo quiero sentir que lo que soy vale algo. Que no tengo que dejar de ser quien soy para encajar contigo y en tu maldito mundo. Me miró en silencio. Jamás me había visto así. Tampoco esperaba que le hablara de esa manera. —¿Te sientes diferente porque ese tipo te miró? —inquirió. —No. Pero ese tipo me miró como si yo importara, sin saber quién era ni cuánto dinero tenía —añadí bajando la voz—. Eso es algo que tú no haces mucho. Siempre minimizas lo que soy. Nos quedamos callados. Su mirada dura estaba fija en mí, pero no le temía. Sabía que no era capaz de hacerme daño, por más furioso que estuviera. —Me voy a dormir —dije al final, dándome la vuelta. —Estás huyendo. Como siempre que discutimos —soltó. —No pienso seguir discutiendo sobre tonterías. Y no voy a seguir soportando tus malditos celos. Me dirigí a la habitación junto a la suya. No iba a dormir con él. —Buenas noches —dije antes de cerrar la puerta. Me quité los tacones y me senté al borde de la cama. Solté un suspiro. Largo y cansado. Me quedé sentada un largo rato, en silencio. El único sonido era el leve zumbido del aire acondicionado y mis propios pensamientos retumbando como tambores en mi cabeza. Me incliné hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas, y me llevé las manos al rostro. Quería llorar, pero no tenía lágrimas. Estaba vacía… como una flor que ha perdido su color, su aroma, su vida. ¿En qué momento se volvió todo tan difícil con Santiago? Recordé cuando me buscaba cada tarde en la floristería solo para invitarme a almorzar, cuando me hacía sonreír, me gustaba escucharlo decir cosas dulces de mi, pero todo eso había desaparecido. No podía evitar pensar en Dante. No sabía absolutamente nada de él, ni siquiera si volvería a verlo, y aun así su mirada seguía quemando en mi piel como si hubiera dejado una marca. Una invisible, pero profunda. Me había mirado como si me conociera. Como si no fuera un adorno, sino alguien real. —Basta —me dije a mí misma. No podía permitirme pensar en otro hombre cuando aun estaba con Santiago. Por más rota que estuviera la relación, no era libre. No todavía. El tenia razón, yo no podía estar viendo a nadie más cuando debía verlo solo a él. Me puse de pie y me quité el vestido, colgándolo en una percha. Caminé descalza hasta el baño y dejé que el agua caliente cayera sobre mi cuerpo. Me quedé allí, inmóvil, hasta que el vapor empañó el espejo y la realidad se volvió difusa. Salí envuelta en una toalla y me puse una camiseta grande, era de Santiago, pero las dejo en esta habitación porque ya nos las usaba. Su camiseta me envolvía el cuerpo, pero ya no el alma. Apagué las luces y me metí bajo las sábanas, esperando que el sueño me llevara rápido. Pero no fue así. Mi mente divagaba. Santiago durmiendo en la habitación contigua. Sus palabras. Su mirada herida. Mis propias grietas. Y luego… esa mirada oscura, intensa. Dante. ¿Qué tanto puede cambiar tu vida después de una noche?. Mi vida cambiaría a partir de ahora y todo tendría que ver con él, porque las cosas a veces no suceden solo por que si. Y hay cosas de mi vida que ni siquiera yo sé. Dante Me encerré en mi habitación a oscuras, solo llevaba conmigo una botella de Whisky, una copa y mil recuerdos en mi cabeza. Me senté en el pequeño sofá observando el cielo estrellado, me serví una copa, suspiré y deje que su recuerdo me invadiera como lo hace siempre. Flashback El jardín estaba lleno de flores grandes, de colores. Amanda corría entre ellas con los pies descalzos, riendo con esa voz chillona que solo tienen los niños pequeños. Yo tenía siete años. Ella, cuatro. Cargaba una flor en cada mano y el vestido manchado de tierra. La seguía a todos lados. —¡Dantinooo! ¡Mira! ¡Flores roooojas! —gritó, agachándose para arrancar una. Me acerqué con una corona de margaritas mal hechas y se la coloqué sobre su cabeza. —Eres la reina —le dije. Ella se rió con fuerza, le brillaban los ojos. —¿La reina de qué? —De las flores, florita. Siempre le decía así: florita. No sé por qué. Quizá porque le encantaban las flores. Quizá porque parecía una. —Me gusta. ¡Soy reina Florita! —exclamó. Luego me miró muy seria, como si pensara algo importante. —¿Tú me vas a cuidar? —Sí, siempre. —¿Siempre siempre? —Sí, aunque crezcas… aunque te olvides de mí. Ella se acercó y me dio un abrazo torpe, rodeándome la cintura con sus bracitos flacos. —Yo no me voy a olvidar de ti, Dantino —dijo despacito. Me quedé quieto. Nadie más me llamaba así. Solo ella. —Ese es mi nombre secreto, ¿eh? —le dije en voz baja. Ella sonrió. —Sí. Solo yo te puedo decir Dantino. —Está bien, florita. Pero no le digas a nadie más. —Prometido. Nos quedamos ahí sentados entre las flores, con la corona torcida y el cielo anaranjado bajando sobre nosotros. Ella apoyó su cabeza en mi brazo, como si no tuviera miedo de nada. Y yo… yo supe que la iba a recordar siempre. Con siete años ya sabía lo que era la pérdida. Ya entendía lo que era crecer entre gritos, secretos y hombres armados. Pero con ella… todo era más fácil. —Dantino ¿Tú te vas a casar conmigo?. —Espero que si florita. Fin del flashback Bebí el contenido de mi vaso de un solo trago, no sabía que todo cambiaría de esa forma, creí que si iba a protegerla, Ami se había ganado mi cariño, era tan especial para mi. Eramos amigos y creí que al crecer seguiríamos siéndolo o tal vez si nos hubiéramos casado como ella dijo. Pero la vida me la había arrebatado, mi dulce florita había muerto en aquel incendio en el que sus padres también murieron, no se sabe exactamente que pasó. Y yo quisiera haberla protegido. Esta noche, esa chica observando las flores me recordó a Ami, por un momento sentí que la veía a ella, con su cabello rubio y esos ojos tan hermosos, estoy seguro que Ami sería igual de hermosa que ella. Florista... Es una florista. ¿Seguiría Ami amando las flores si estuviera aquí?. No lo se, pero esa desconocida me hizo pensar tanto en Ami. No la puedo sacar de mi cabeza. Es una hermosa chica, Una hermosa desconocida.
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