Cuando Marisol por fin recobró el conocimiento, fue con un intenso hambre que le retumbaba en el estómago. El aroma de la comida se filtraba por la habitación y, a pesar de sí misma, se incorporó de un salto. Fue recibida por un dolor punzante en la cabeza, puntos negros apareciendo detrás de sus párpados cerrados ante lo repentino de la capacidad de mover su cuerpo nuevamente. Solo ahora se dio cuenta de lo brillante que estaba la habitación y, con un siseo, cerró sus ojos justo cuando una joven se apresuró a cerrar las persianas, protegiéndola de la luz intensa. La habitación se oscureció y Marisol abrió los ojos, enfocada en la comida que se encontraba frente a ella. El rugido de su estómago hizo que fuera fácil desechar el cuidado y, sin poder resistir el aroma tentador, Marisol se

