Bolteé a ver a mi hermano. Sus ojos eran un filo en mi piel, la rabia contenida en cada músculo, la respiración pesada, como un animal a punto de lanzarse. Y yo… yo me sentí pequeña, traidora, pero al mismo tiempo inquebrantable en mi decisión. —Perdóname —le dije, la voz apenas un hilo, pero firme, como el metal que sabe que será atravesado por el fuego—. Déjame continuar con esta locura. No hay tiempo. Alexander me sostuvo la mirada. Un segundo eterno. Un juicio mudo. Un jurado que me condenaba en silencio. Y luego… me soltó. Ese gesto, tan simple, tan brutal, fue como caer al vacío. Bastien dio un paso adelante, su mano casi rozándome para detenerme, pero la voz de mi hermano lo frenó como una orden divina: —No. El eco de esa palabra me atravesó. No. Como si supiera que detenerme

