—Sí —respondió Alexander, masticando lento, como si esto no fuera nada—. Me estaba quedando en una casa que compré, porque no me gusta dormir en hoteles. Pero justo hoy, la casa se inundó. Me han dicho que en una semana, tal vez quince días, me la entregan ya lista. Así que debo buscar dónde quedarme esta noche. Philippe arqueó una ceja. —Ah… ya veo. Alexander levantó las manos, como si quisiera aclararlo todo. —No es que esté pidiendo una condición para aceptar el trato, no. Solo que veo que es tarde y… bueno, tengo que buscar dónde dormir. Mi marido se levantó de golpe, casi tirando la silla. —¡No hay necesidad de eso! —dijo, con esa falsa amabilidad de tiburón que ya me conozco—. Como verás, esta es mi casa. Una mansión enorme. Puedes quedarte aquí. —No… —Alexander negó con suavi

