Mis ojos buscaron a Claire, y aunque el dolor era inmenso, pude esbozar una sonrisa amarga. “Felicidades,” pensé, “esto es lo que conseguiste. Por tocarte y ponerte en peligro, mi hermano me odia.” Y esa idea me quemó por dentro, porque no era solo odio; era decepción, miedo, una mezcla explosiva que me tenía atrapada. Quizá, en el fondo, por alguna extraña razón, yo también quería esa atención de mi hermano, aunque fuera a través del rencor. Pero, mira, lo tengo: el odio de Alexander, puro y duro, sin filtros ni excusas. Y con ese pensamiento me di la vuelta, di media vuelta y caminé hacia mi auto. Cada paso se sentía pesado, como si pisara vidrio roto. Al llegar, lo vi. Bastien estaba ahí, mirándome con esos ojos intensos que a veces me hacían perder la razón. Vi el brillo de su mirada

