Capítulo 2.2

1477 Palabras
Aunque Mika no era mucho de socializar, sí le encantaba comprar ropa y accesorios. Natsuki había criado a sus hijas siendo unas bien portadas damas de sociedad que sabían hacer todas las tareas domésticas que pudieran darse en un hogar, pero también inculcó en ellas el deseo de leer y conocer cosas nuevas, por lo que esperaba que todas sus hijas estudien, se gradúen y trabajen en la profesión que la vocación de cada una señale. Esa tarde elegirían para Mika un sencillo, pero elegante vestido en tono n***o con detalles de botones y pretinas en blanco, de mangas tres cuartos, con cuello nerú, entallado en la cintura y el largo de la falda hasta las rodillas. El bolso y el calzado que llevaría Mika serían blancos, para resaltar el contraste con el color del vestido. La jovencita, al ser alta para la sociedad a la que pertenecía, no quiso usar tacones exageradamente altos, así que eligió unos de 7 cm que la hacían ver elegante y más esbelta de lo que ya era. Pensando en que su hija se sentiría más a gusto con una escolta femenina ante la posibilidad de requerir algún tipo de ayuda que un hombre no le podría ofrecer, como acompañarla al tocador, Kenji contrató a una exmiembro de la marina japonesa especializada en combate cuerpo a cuerpo y en uso de armas de todo calibre. Kaya Ishida era el nombre de la mujer que haría de escolta y asistente de Mika, ya que también se encargaría de ayudarla con su agenda y todo lo que necesite organizar para que la vida de la joven Sato sea cómoda y agradable. Asimismo, dispuso de un chofer para que maneje el auto que trasladaría a todas partes a su hija, ya que por más que la joven aprenda a manejar, ella siempre haría uso del chofer, quien también estaba entrenado para repeler cualquier tipo de ataque. Con el ajuar listo para la cena de bienvenida de su hija y con todo en orden en el dúplex, Natsuki se despidió de Mika con un fuerte abrazo y un beso. La madre Sato le pidió a la escolta Ishida que cuide muy bien de su niña mayor y que trate de hacerse su amiga, ya que la hija Sato no tenía ninguna a quien pudiera recurrir. La mujer, diez años mayor que Mika, aseguró a Natsuki que buscaría conversar con la joven, pero no le prometía hacerse su amiga porque eso podría afectar el desarrollo de su trabajo. Al entender el punto que tocó la escolta, la madre Sato se despidió de ella con una sonrisa y se fue junto al chofer a tomar el avión del conglomerado para regresar a Nagoya. - ¿Ha pensado en cómo se va a maquillar para la reunión que tiene agendada para este sábado? –preguntó de manera formal Kaya a Mika, tratando de acercarse a la hija Sato como se lo pidió Natsuki. - No. Quizá siga un tutorial de los tantos que hay en internet –Mika tenía todo el maquillaje necesario en el tocador de su habitación, aunque no tuviera ni idea de cómo usarlo. - Si gusta la puedo ayudar. Ahora que tiene tiempo podemos hacer unas pruebas, y el maquillaje que más le guste será el que replique para la noche del sábado –se ofreció así Kaya a ayudar a Mika con ese detalle. - ¿Sabe maquillar? –preguntó curiosa la joven Sato, pero la escolta no lo notaría por la especial condición de la joven. - Sí, y también peinar. Es que, antes de decidirme por enlistarme en la marina, aprendí a maquillar y peinar porque mi madre quería que fuera una reina de belleza –Kaya contenía la ganas de explotar en carcajadas al contar su historia-. Ella me anotaba en todo concurso desde que era una niña pequeña, y así fue que aprendí lo necesario para lucir bien ante el jurado y los espectadores. - Pero ese mundo no era para usted, y por ello lo dejó –agregó Mika con su gélido tono de voz. - Exacto. En paralelo que mamá me hacía participar en concursos de belleza, papá me llevaba a entrenar karate, aikido y kendo, y eso me gustó más que ganar coronas, bandas y cetros. Para mi madre fue un duro golpe, pero a mi padre lo hice muy feliz cuando terminando la escuela me enlisté en la marina. - ¿Y por qué no sigue perteneciendo a ella? - Porque mis padres tuvieron un accidente donde mi padre murió y mi madre quedó inválida. Yo soy hija única, y mamá no tenía familia, además de mí, que la pudiera ayudar. Por eso dejé la marina hace cuatro años atrás. Sin embargo, no pude hacer mucho por mi madre. Al año de ese accidente ella murió, y yo me quedé sola y sin trabajo. Traté de regresar a la fuerza armada, pero me pusieron tantos peros que al final me desanimé y decidí buscar algo diferente para vivir, sin saber que el destino tenía para mí algo mucho mejor: ser escolta de familias adineradas. - ¿Lo dice porque la paga es mucho mejor que la que ganaba al estar en la marina? - Por eso y porque el trato también es mejor. Hace tres años llegué a una agencia de empleo especializada en seguridad, y ahí fue que conseguí trabajar para el Conglomerado Sa-Na. Al principio era una seguridad más de la Torre Sa-Na, pero mis habilidades me llevaron a cuidar a ciertos clientes importantes que llegaban del extranjero para hacer tratos con su padre y tíos. Así fue que su padre supo de mí, y ante la necesidad de que alguien cuide de su hija mayor, la primera que dejaba el hogar para estudiar en la capital, pensó en mí para que fuera la persona que se dedique a esa labor. Ahora tengo un contrato exclusivo con Sato san y no con el conglomerado, por lo que el único que pude decidir dónde trabajaré, es su padre. - Lamento que haya perdido a sus padres, Ishida san. Yo soy una persona sencilla y tranquila, y, aunque siempre me vea con esta cara, también soy muy empática y servicial. Sé que su trabajo no es ser mi amiga, pero espero que la convivencia nos lleve a apreciarnos. Acepto su ayuda para elegir el maquillaje más adecuado para mí. Sobre el peinado, prefiero llevar el cabello suelto, me gusta lucir el largo de este y lo bien cuidado que lo tengo. Con ayuda de Kaya, Mika lucía espectacular para la primera reunión que tendría como estudiante de la Universidad de Tokio. La joven llevaba un maquillaje súper natural que engañaba al ojo humano. Sentada cómodamente en el asiento de atrás del automóvil blindado que Kenji adquirió para transportar a su hija, el chofer y la escolta acompañaron a la joven Sato hacia el restaurante donde se desarrollaría la cena de bienvenida. Antes de bajar la jovencita, Kaya le comentó que ante cualquier inconveniente que se presentara la llame, ya que ellos no abandonarían la zona: el chofer esperaría en el estacionamiento del restaurante y ella estaría dando vueltas por el lugar, pero fuera del salón para no incomodarla. Mika agradeció a ambos por sus cuidados y dedicación, y bajó del vehículo. La joven caminó mostrando un porte seguro en su andar, cosa que no reflejaba lo nerviosa e insegura que estaba. Al ingresar al salón notó que era una de las primeras al llegar. Al no saber si podía tomar asiento en alguna de las mesas ya dispuestas en el lugar empezó a caminar por los alrededores, deteniéndose a un lado del salón donde se le permitía ver por completo todo ese espacio. Con las manos cruzadas sobre su falda, agarrando el asa de su cartera, Mika miraba el suelo del lugar, con la mente en blanco, mientras esperaba que el resto de invitados llegue. Sin hacer nada para llamar la atención de las personas que empezaban a llenar el salón, un joven se le acercó a Mika. El verla sola y algo retraída lo animó a tomar la iniciativa de hablar con la joven. Ese muchacho no tenía buenas intenciones, quería encontrar a alguna jovencita a la cual pudiera emborrachar y llevar luego a su auto en donde tendría sexo con ella, muy probablemente en contra de la voluntad de la muchacha. Pensó que Mika sería una presa fácil, pero la joven Sato detectó sus intenciones ni bien escuchó su voz, algo zalamera y fingida. Mika empezaba a mirar su bolso con intención de sacar su celular y llamar a Kaya para que pusiera en su lugar a este impertinente, pero no tuvo necesidad de comunicarse con su escolta porque un bien parecido, alto y educado joven la rescató del inoportuno y desagradable sujeto.
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