Era martes, el segundo día de la primera semana de vacaciones de primavera, y Akira llevaba sin ver a Mika cuatro días. El pobre estaba cayendo en la depresión con cada segundo que no sabía nada de ella. Había intentado comunicarse con su amada, pero el teléfono de ella aparecía apagado. Hiroto le había llevado la noticia de que Mika no estaba bien, que había pedido a sus padres que la mantuvieran dormida porque cada vez que tomaba lucidez, lo que sentía se convertía en un agobio al no poder soltar la tristeza y la decepción porque no tenía a su lado a Akira para ayudarla a llorar. Eso, saber que Mika estaba mal, era lo que más lo hundía en la más profunda tristeza. - Akira, hijo, tenemos buenas noticias –Bastian ingresó raudamente a la habitación de su hijo-. Kenji acaba de llamar. El in

