Nunca me he sentido cómodo al volar. Mi naturaleza desconfiada suponía que la magia que suspendía a los aviones en el cielo dejaría de existir por el capricho de algún planificador maestro. Escuchar el zumbido de la hélice de un avión cambiando de velocidad o experimentar esas sacudidas misteriosas de aire agitado, equivalía a una muerte inminente en un artilugio de aluminio destinado a los problemas. Me pasé todo el vuelo con la mandíbula apretada, las manos aferradas a los reposabrazos y los ojos pegados al respaldo del asiento de enfrente, con la esperanza impaciente de que el diligente guardián de la cripta no se cobrara otra víctima. A pesar de mi extraña habilidad para entender cualquier cosa mecánica y de que Nana D siempre me llamaba brillante, tenía muchas dudas sobre este medio d

