Cuando me levanté el sábado por la mañana, una pasta espesa me cubría el interior de la boca. La habitación estaba a oscuras y un ruido sordo emanaba de la esquina más alejada. Me senté en la cama, me golpeé la cabeza contra una viga de madera y me asusté pensando que me había quedado ciego y que una zarigüeya se había colado en las paredes. Pronto determiné que el odioso sonido era el siseo de los radiadores que proporcionaban el tan necesario calor a la habitación. Una vez que el impacto inicial de mi entorno pasó, me estiré y gruñí por el crujido en la parte baja de mi columna por dormir en el colchón más firme conocido por el hombre. Entre el desfase horario del ojo rojo y la diferencia horaria, me dormí temprano pero me desperté varias veces durante la noche. Revisé mi teléfono solo

