IAN Despierto con el ceño fruncido, muevo el cuello con estrés, no se me quita lo ardido, necesito sacar la adrenalina que me consume por dentro, si quiero hacer bien las cosas, sintiendo el peso de la soledad aferrado a mis músculos como un parásito. Mi habitación está oscura, con las cortinas cerradas, y el único sonido que llena el aire es el zumbido monótono del ventilador en el techo. Hasta que, de repente, los gemidos atraviesan la pared. Gruñidos, jadeos, el golpeteo rítmico de la cabecera contra la pared. Joder. —Maldito seas, Kabil —mascullo entre dientes, enterrando el rostro en la almohada con rabia. Es la tercera noche consecutiva. No hay descanso. No hay paz. Solo ruido, cuerpos moviéndose, el puto eco de la carne contra la carne. Su manera de lidiar con lo que sea que lo

