NARRADOR OMNISCIENTE Scott descargó otro golpe contra el saco de boxeo, sintiendo cómo la piel de sus nudillos ardía. Cada impacto reverberaba en su cuerpo, propagando el dolor por sus músculos ya resentidos. Pero el dolor físico era lo de menos. Lo que realmente lo carcomía era el recuerdo de Ian golpeándolo con una fuerza que jamás pensó que tuviera. Su mandíbula todavía dolía por ese maldito derechazo. Su orgullo, aún más. Pese a todo, había comprobado que Ian no era tan inocente como Piper creía. —Maldito, hijo de puta —gruñó entre dientes, estrellando su puño contra el saco con rabia contenida—. Joder. Lo había subestimado, ahora, esto era el fruto de las consecuencias. La imagen de Piper aferrándose a Ian se clavó en su mente como una espina punzante. Piper era suya. Su Piper,

