Cuando Reece salió de la ducha encontró su teléfono sobre la mesa, pero aquello no le pareció extraño, había estado demasiado entretenido con la ducha y el agua le había mermado cualquier sonido por lo que no lo había escuchado sonar. Alaska parecía estar ocupada en la cocina porque escuchaba algunos platos e instrumentos sonar con mucho ímpetu. La australiana estaba molesta, demasiado molesta. —¡Me niego a que sean celos! —masculló golpeando el sartén contra la estufa aun sin saber que era lo que iba a hacer con él. La alacena estaba llena de toda clase de comida, tal vez cuando abandonaran la cabaña revisarían que faltaba y lo agregarían a la cuenta, o tal vez ya habían pagado la despensa con el alto costo por la renta de la cabaña. —¿Qué pasa? Se puso pálida al escuchar una voz det

