Mientras Analena seguía temblando sobre el sofá, Santino no se movió durante un largo rato. Sus dedos jugaban perezosamente con un mechón de su cabello platinado, como un cazador satisfecho acariciando a su presa. Pero había algo diferente en su mirada ahora. Más oscuro. Más... decidido.
—Desde ahora —murmuró, su voz sonó tan áspera que parecía hecha de piedra—, vas a ser solo mía, abrirás las piernas cada vez que quiera y lo harás solo conmigo.
Analena, medio consciente, levantó la vista apenas, confundida. Pero el zumbido en sus oídos no le permitió procesarlo del todo. Santino no esperó respuesta. Se levantó, buscó una camisa cualquiera y la envolvió alrededor de su cuerpo desnudo, como si ya no le perteneciera ni siquiera el derecho a cubrirse sola.
—No sales sola. No hablas sin permiso. No me niegas nada. —Cada palabra era una cadena invisible que le iba colocando al cuello.
La llevó en brazos hasta la cama, pero no como un amante. Como un dueño cargando algo preciado que solo él podía tocar.
Cuando Analena intentó apartarse un poco —un gesto reflejo, casi inconsciente—, Santino atrapó su rostro con una mano firme, obligándola a mirarlo a los ojos. Sus pupilas, antes dilatadas por el deseo, ahora eran pozos negros de posesión absoluta.
—Si me desafías otra vez —susurró contra sus labios—, te encadenaré a esta cama y no dejaré que nadie vuelva a verte.
La amenaza no era vacía. Ella lo supo. Lo sintió en cada fibra sensible de su cuerpo, todavía vibrando por su dominio brutal.
Y una parte de ella... tembló. No solo de miedo. También de una excitación primitiva que no quería reconocer. Pero más allá de todo, sabía que no podía quedarse más tiempo con aquel hombre.
Santino sonrió, viéndola tragar saliva, saboreando su rendición forzada.
—Buenas noches, piccola mia —susurró, besándole la frente con una ternura aterradora.
...
La madrugada cayó pesada sobre el Ambrosía. El silencio se colaba entre las paredes rojas como un veneno dulce. Santino dormía profundamente, exhausto tras reclamarla de una forma brutalmente salvaje, su brazo pesado la atrapó contra su pecho.
Pero Analena no dormía. Sus ojos abiertos, fijos en la penumbra, ardían con frialdad. Con movimientos calculados, empezó a deslizarse fuera del abrazo posesivo de Santino.
Cada respiración contenida era una puñalada de dolor en sus músculos maltratados, pero no se permitió vacilar.
Cuando finalmente estuvo libre, se incorporó en la oscuridad, buscó su vestido arrugado en el suelo y se lo puso torpemente, con manos temblorosas pero decididas.
Miró una última vez al hombre que la había consumido esa noche.
Santino Koch, el implacable, el intocable… ahora parecía tan vulnerable como un niño. Con la boca fruncida, el ceño relajado, como si aún en sueños buscara poseerla.
Una sonrisa amarga cruzó los labios de Analena.
"No seré tuya... Nunca"
Caminó descalza por el pasillo privado, con sus tacones en una mano y con el corazón golpeándole las costillas.
Los guardias en la entrada, acostumbrados a la presencia de mujeres en ese lugar, apenas alzaron la vista al verla salir. Una sombra más entre la noche de Ambrosía.
El aire fresco de la madrugada la golpeó en la cara como una bofetada liberadora. No miró atrás.
No vio cómo, horas después, Santino se removía inquieto en la cama vacía, buscando su calor perdido. No vio cómo su rostro, al abrir los ojos y encontrarse solo, pasó de la confusión al puro odio. Cómo golpeó la mesita de noche, lanzándola contra la pared en un estallido de madera astillada. Con su rechazo, había enfurecido al demonio.
Ella se había ido. Sin una palabra. Sin una última mirada. Como si él no fuera más que un capricho de una noche salvaje. Como si fuera prescindible.
—¿Dónde está? —bramó al primer empleado que se cruzó en su camino.
El chico tartamudeó, señalando con miedo hacia la salida lateral del club, pero ya era tarde. Analena había desaparecido como un perfume caro en una habitación cerrada: dejando rastro, pero no cuerpo. Una diosa invisible. Un veneno que ya no estaba en la copa, pero seguía ardiendo en la garganta.
Santino sacó su teléfono y marcó. Una vez. Dos. Tres. Llamada rechazada.
Y entonces entendió.
Esto no había sido solo un juego de seducción. Ni una provocación. Había sido una declaración de guerra.
La imagen de ella bailando entre luces rojas, sus caderas dictando el ritmo, su boca rozando la suya para luego negársela… El modo en que lo había llevado al borde del deseo y lo había dejado ardiendo en la oscuridad. No lo había rechazado: lo había usado. Y eso era peor.
—Consíganme las grabaciones de seguridad. Todas. De las últimas dos horas —ordenó a uno de sus hombres—. Quiero saber con quién habló. A qué hora se fue. ¿Quién la recogió? ¿Quién la vio?
Y mientras hablaba, mientras organizaba la pequeña cacería nocturna para rastrear los pasos de Analena como si fuera un fantasma fugitivo, Santino comprendía algo más profundo. Esto no se trataba solo de orgullo herido. No era simplemente que lo había humillado.
Era que lo había marcado.
Él, que podía comprar cuerpos, lealtades y silencios. Él, que controlaba los movimientos de la familia como piezas de ajedrez… se sentía desnudo ante la indiferencia de esa mujer. Y lo odiaba. Dios, cuánto lo odiaba.
Cuando llegó a casa esa madrugada, la mansión estaba en silencio, como si el mundo entero durmiera menos él. Se quitó la chaqueta y subió las escaleras despacio, sin encender las luces.
Frente a la puerta del ala este, se detuvo.
La habitación de Analena estaba allí, detrás de esa pared blanca y fría. Podía sentir su presencia como un imán invisible. Escuchó. Nada. Tal vez ya dormía. Tal vez lo esperaba despierta, sonriendo en la penumbra como una bruja que ya había lanzado su hechizo.
No llamó. No entró. Solo apoyó una mano contra la puerta cerrada.
—Esto no ha terminado —susurró, apenas audible—. Me hiciste arder, Analena… ahora prepárate para el infierno.