8.5

572 Palabras
El perfume de Analena embriagaba el aire —jazmín y poder— cuando Santino irrumpió en su suite. La encontró reclinada en el diván de terciopeto, las piernas entrelazadas como serpientes, un vestido de gasa negra que apenas cubría el infierno entre sus muslos. —Santino—murmuró, pasando la lengua por el filo de su copa de cristal—. ¿Vienes a rendirte ante tu reina? Santino olía a violencia y bourbon. Su corbata de seda colgaba deshecha, como las últimas fibras de su paciencia. —Vengo a recordarte tu lugar —rugió, lanzando el teléfono a sus pies. La pantalla mostraba el video que había hundido su reputación: él, de rodillas, devorando su sexo como un mendigo—. Borra esa mierda. Analena se rió, un sonido de campanas rotas, y separó lentamente los muslos. La gasa se abrió como cortina de teatro, revelando el espectáculo: Su sexo brillaba, depilado a perfección, los labios hinchados como si ya estuvieran preparados. Un solo dedo jugueteaba con el clítoris, dibujando círculos húmedos que llenaban la habitación de su aroma. —¿Esto es lo que te quita el sueño, Santino? —susurró, metiéndose dos dedos hasta los nudillos con un gemido exagerado. El estallido fue animal. Santino la embistió como toro herido, rompiendo el vestido en una sola sacudida. Pero Analena no era presa fácil —giró sobre él, clavando las uñas en su pecho hasta dibujar cruces carmesí. —Ahora —ordenó, montando su cara con la ferocidad de una amazona—. Lame como el perro que eres. Y él obedeció. Porque nadie chupaba como Santino. Lengua ancha y plana para el clítoris, punta afilada para el punto exacto dentro de su entrada, dientes para castigar los labios cuando ella intentaba huir. Analena le guiaba con tirones de pelo, usando su boca como juguete, hasta que el primer orgasmo le sacudió la columna. —No tan rápido —lo apartó con un pie en la garganta, mirando cómo la saliva le conectaba a sus labios como un hilo de plata—. Mi turno. Lo montó con la precisión de una ejecución: Primero de rodillas, hundiéndose en su erección sin compasión, con los pechos balanceándose sobre su cara para ahogar sus maldiciones en italiano. Luego boca abajo, usando su cuerpo como mueble, cada rebote calculado para que la cabeza de su pene rozara ese punto que lo hacía ver estrellas. Finalmente, en el espejo, sus manos marcaron el cristal mientras él la tomaba por detrás, el sonido de sus nalgas chocando con sus testículos, mezclado con el crujido del vidrio a punto de romperse casi la hizo correrse con fuerza. —Mírate —gruñó él, mordiendo su hombro mientras una mano le estrangulaba el cuello—. Esto es lo único que vales. Analena vio su reflejo: pelo enmarañado, labios azules por los besos violentos, el sexo tan abierto que parecía imposible que aún cupiera todo él dentro. Y entonces rió. —Pobre niño —jadeó, contrayendo los músculos internos hasta hacerlo gemir—. Crees que por follarme como animal me vas a dominar... Se volteó de golpe, empujándolo contra las sábanas. Su mano cerró alrededor de su garganta mientras la otra guiaba su v***a otra vez dentro de sí. —Pero esto —susurró, moviendo las caderas en círculos lentos— es mi reino. Y cuando se vino, fue con su nombre en los labios como maldición.
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