Los ojos se me abrieron de golpe, sintiendo el corazón latiendo a mil por hora. Estaba en mi cama, sí, pero algo se sentía terriblemente fuera de lugar. Al abrir los ojos, observé desde la ventana cómo los pajaritos volaban y las ramas del árbol, llenas de flores, golpeaban suavemente contra el cristal. Era una imagen hermosa, pero no lograba calmar la angustia que me invadía. ¿Qué estaba pasando? Me puse de pie, sintiendo las piernas temblar ligeramente, y caminé hasta llegar a la ventana con mis pantuflas de conejito. Cada paso era pesado, como si estuviera caminando en contra de mi propia voluntad. La empujé. La ventana se abrió y, casi al instante, la puerta de mi habitación se abrió también. —Buenos días, mi princesa —dijo una voz que resonó en lo más profundo de mi alma, una voz qu

