CAPÍTULO 6: LA BOLSA SOBRE LA CAMA

2488 Palabras
POV ALESSIA Entro al cuarto molida, con la espalda gritándome, las piernas pesadas como si me hubieran metido arena en los huesos y los pies ardiendo en una mezcla de calor, fricción y esa amenaza húmeda que ya no es amenaza: las ampollas están ahí, creciendo bajo la piel como burbujas traicioneras. Cierro la puerta con el codo porque ni siquiera tengo energía para hacerlo “bien”, y el cuarto me recibe con su olor a humedad vieja, a madera, a colcha áspera. Por un segundo quiero caer de cara en la cama y no volver a existir hasta que alguien me diga que esto fue una broma cruel. Pero algo me frena. Una bolsa. Grande. Negra. Sobre la cama. Como un animal quieto esperando que yo me acerque. Me quedo parada en medio del cuarto, respirando, con el corazón golpeándome raro. La luz que entra por la ventana es naranja, cansada, como si hasta el sol estuviera agotado de verme aguantar. La bolsa no debería importarme. Es una bolsa. Pero aquí nada es “solo” algo. Aquí todo trae intención. Me acerco despacio. Me inclino. La toco con la punta de los dedos. Es real. La abro. Botas. Pantalón de trabajo. Camisa de manga larga. Calcetas gruesas. Guantes. Bloqueador. Repelente. El aire se me queda atorado en el pecho, no por sorpresa bonita, sino por rabia. Porque alguien decidió por mí. Alguien entró a mi cuarto. Vio mi ropa tirada, mis cosas, mi vida desordenada… y actuó como si tuviera derecho. Como si yo fuera una niña que no sabe vestirse. Como si mi privacidad fuera otro lujo que se me puede quitar con facilidad. Agarro una bota. Pesa. Es sólida. Huele a cuero nuevo, a tienda, a pueblo, a realidad. Mi primera reacción es querer aventarla lejos. Mi segunda reacción, más silenciosa, es notar que se siente exactamente como lo que necesito. Y eso me enoja todavía más. Porque necesitar algo que no pedí se siente como depender. Cierro la bolsa de golpe. Mis manos tiemblan de cansancio y de furia. Camino por el cuarto con pasos cortos, como una fiera enjaulada. Miro la puerta. La dejé cerrada. ¿Cómo entraron? Luego me acuerdo: este cuarto no tiene cerradura decente. Y ese detalle, que antes era una molestia menor, ahora se vuelve un insulto. Aquí ni siquiera tu cuarto te pertenece del todo. Tu espacio no es tuyo. Tu control no es tuyo. Me quito los huaraches con rabia. La piel de los talones está ardida, inflamada. Veo una ampolla empezando a levantarse y siento una mezcla de asco y orgullo herido. Me la toco apenas y me arde. Retiro el dedo como si me hubiera quemado con una plancha. Trago saliva. Respiro. No voy a llorar por una ampolla. Pero mi cuerpo se siente tan cansado que todo se vuelve personal. Miro la bolsa otra vez. “Bloqueador”, “repelente”. Eso no lo compraría cualquiera. Eso lo compra alguien que vio mi piel roja y no quiso que me desmayara. O alguien que no quiere interrupciones. O alguien que quiere quitarme excusas. La intención puede ser bondad o control. Con Ezequiel, nunca sé dónde termina una y empieza la otra. Me muerdo el labio. Necesito saber quién fue. Salgo del cuarto con pasos cuidadosos por el dolor. El pasillo está más silencioso a esta hora. La casa suena a descanso, a platos ya lavados, a alguien moviéndose lejos. Camino hacia donde vi que se alojan algunos de ellos. Me cruzo con olor a jabón, a ropa mojada, a sudor limpio. Llego a una puerta entreabierta y escucho una risa baja adentro. Toco una vez, más por educación que por costumbre. —¿Samuel? —pregunto. Samuel aparece con el cabello mojado, como si se hubiera bañado hace poco. Detrás de él, en una cama, está Tomás, tirado como si el mundo pesara, con una toalla en el cuello. Tomás es de esos hombres que tienen veintiocho pero parecen dieciocho, como si el sol les hubiera dejado la cara joven y solo los ojos se les hubieran vuelto serios. Tiene una sonrisa fácil, de niño grande, pero las manos son de trabajo real. Samuel me ve y su expresión cambia a preocupación. —¿Estás bien? —pregunta. —Sí —digo, y mi “sí” suena a mentira aunque no quiera—. Solo… necesito preguntarte algo. Samuel abre más la puerta. Yo no entro del todo. Me quedo en el umbral, como si mi orgullo todavía quisiera marcar territorio. —Encontré una bolsa con ropa en mi cuarto —suelto, directo—. ¿Tú sabes quién la dejó? Samuel parpadea, sorprendido de verdad. —¿Ropa? —repite—. No… yo no fui. Te lo juro. Su sinceridad es obvia. Samuel no sabe mentir bien. No tiene esa malicia entrenada que yo sí tengo. Eso me calma un poco, aunque no se lo muestro. Tomás, desde la cama, se incorpora apenas, curioso. —¿Una bolsa en tu cuarto? —dice, y ya tiene esa sonrisa de “esto se pone bueno”. Lo miro con fastidio. —Sí. Tomás se encoge de hombros. —Pues… probablemente fue el patrón —dice como si fuera lo más obvio del mundo. Samuel lo mira como diciendo “cállate”, pero Tomás sigue, sin filtro. —Es el único que fue al pueblo hoy. Lo vimos salir y regresar con bolsas —añade—. Y si hay alguien aquí que se mete a resolver problemas sin pedir permiso… es él. Mi estómago se aprieta. —¿Ezequiel? —repito, aunque la palabra ya estaba en mi cabeza desde que vi las botas. Samuel se apresura, como si quisiera arreglar lo que Tomás acaba de soltar. —No sabemos si fue él —dice—. Pero… sí, él fue al pueblo. Lo miro a los dos. Samuel parece preocupado por mi reacción. Tomás parece divertido. Yo siento una mezcla horrible: enojo, incomodidad, una pizca de algo que no quiero admitir. Porque sí, me molesta que alguien entrara. Pero también me molesta que una parte de mí se sienta… aliviada de ver botas nuevas. Aliviada de tener una salida a las ampollas. Y ese alivio se siente como traición. —Gracias —digo al final, seco. No porque no agradezca la información. Porque no puedo agradecer más sin que se me rompa el papel. Me doy la vuelta y camino hacia el pasillo del fondo, hacia esa puerta que ayer me cerró en la cara como si yo fuera aire. Cada paso me arde en los pies. Siento la ampolla rozarse por dentro y la rabia me sube más, alimentada por el dolor. Perfecto. Que el enojo me lleve. Que el enojo me sostenga. Llego frente a la puerta de Ezequiel. Me quedo un segundo mirando la madera, respirando. Es ridículo que tenga que tocar como si estuviera pidiendo audiencia. Es ridículo que yo, Alessia Vega, esté aquí, en un pasillo que huele a detergente barato, tocando la puerta de un hombre que me trata como tarea pendiente. Me arde la cara solo de pensarlo. Toco. Una vez. Dos. —¿Qué? —se escucha desde adentro, una voz áspera, cansada, sin ganas de nadie. —Soy yo —digo, y odio sonar tan “soy yo”, como si mi nombre no valiera aquí. Se oye un movimiento, pasos, algo cayendo. La puerta se abre de golpe. Y por un instante mi cerebro se queda en blanco. Porque ese no es el Ezequiel Ibarra de camisa a cuadros, botas perfectas y postura de “jefe de rancho” que la gente fantasearía en una novela barata. Y odio, odio sentir que mi mente intentó verlo así aunque yo misma me burle de esas cosas. Este Ezequiel trae una playera vieja de Queen, gastada, con el logo medio deslavado. Un pantalón de chándal que no combina con nada. El cabello n***o completamente alborotado, como si se hubiera pasado una mano por la cabeza cien veces y nunca hubiera encontrado paz. Está descalzo o con calcetas, no alcanzo a ver bien porque mi atención se queda clavada en la imagen completa: no parece vaquero, no parece patrón, no parece nada de lo que yo imaginé. Parece… un hombre en su casa, fuera del uniforme. Y lo peor es que se ve… humano. Me riño por notar detalles tontos. Me riño por pensar, por una milésima de segundo, que se ve bien así, desordenado, real. Me riño por usar la palabra “sexy” en mi cabeza y la aplasto como si fuera un insecto. Qué ridículo. No vine a esto. No estoy aquí para eso. Ezequiel me mira con el ceño fruncido, como si yo fuera un problema que no se puede posponer. —¿Qué sucede? —pregunta, seco. Su tono me devuelve a la rabia. —¿Qué sucede? —repito, y mi voz sale cargada—. Que alguien entró a mi cuarto y dejó una bolsa con ropa en mi cama. Ezequiel parpadea una vez, lento. —Ajá. Ese “ajá” me enciende más. —¿Ajá? —doy un paso hacia la puerta, sin cruzar el umbral, pero lo suficiente para que él sienta que no me voy a ir—. ¿Tú hiciste eso? Ezequiel me observa. No parece sorprendido. No parece culpable. Parece… cansado. —Sí —dice, simple. La palabra me cae pesada. —¿Y con qué derecho? —mi voz sube un poco, no a grito, pero sí a filo—. ¿Con qué derecho entras a mi cuarto? ¿Qué sigue, revisar mis cosas? ¿Leer mis mensajes? ¿Decidir hasta qué ropa me pongo? ¿Ahora con qué confianza voy a dejar mi puerta abierta? Ezequiel me escucha sin interrumpir, lo cual casi me molesta más porque me deja quedar como la histérica del pasillo. Cuando termino, se queda un segundo en silencio, mirándome como si eligiera qué vale la pena responder y qué no. —Tu cuarto no tiene cerradura —dice al final, como si estuviera señalando un hecho obvio. —Eso no te da permiso —escupo. Ezequiel suspira, y su suspiro es de esos que no piden perdón. —No me interesa tu ropa por curiosidad —dice, y su voz se mantiene neutra, firme—. Me interesa que mañana no llegues cojeando con ampollas y me detengas el trabajo con un drama. La frase me pega como bofetada. —¿Drama? —repito, indignada—. ¿Te parece drama que me duelan los pies? Ezequiel ladea la cabeza apenas. —Me parece inevitable si sigues trabajando con huaraches y falda. —Su mirada baja a mis pies, y el dolor se vuelve más real por el simple hecho de que él lo nota—. Te van a reventar. En dos días. Aprieto la mandíbula. —Yo no te pedí nada —digo. —No. —Ezequiel asiente como si estuviera de acuerdo—. No me pediste nada. Por eso lo hice yo. Para quitarte excusas. Siento el pecho apretarse. —¿Excusas? —mi voz se quiebra apenas de rabia—. ¿Crees que yo estoy buscando excusas? Ezequiel me mira como si la respuesta fuera tan obvia que no vale la pena decirla. Y esa mirada es peor que un “sí”. —Escúchame —dice, y su tono baja un poco, sin suavizarse—. Te compré ropa porque no tienes nada apto para trabajar aquí. Si quieres usarla, úsala. Si no quieres, es tu problema. Mañana vas a seguir trabajando igual bajo el sol… y con más ampollas que cabellos en la cabeza. Me quedo un segundo sin aire. Esa frase, absurda y cruel, me provoca ganas de gritarle, pero también me saca una risa amarga por lo ridículo de la comparación. —Eres un… —empiezo, pero no termino porque siento que cualquier insulto se queda corto y, además, me duele decirle algo que lo haga cerrar la puerta otra vez con esa calma. Ezequiel me sostiene la mirada. No se disculpa. No se explica más. Su “bondad” —si es que existe— no necesita discurso. Solo necesita control. —¿Era eso? —pregunta, ya con la mano en la puerta, como si mi visita fuera una interrupción menor. Yo aprieto los puños. —No invadas mi cuarto otra vez —le digo, y lo digo como advertencia, no como súplica. Ezequiel sonríe apenas, una sonrisa mínima que no es alegría. Es burla. Y ahí entiendo que me acaba de encontrar un botón. —Buenas noches, Estrellita —dice, con una voz impecablemente neutra, como si fuera un apodo cualquiera… pero con la intención exacta de que me moleste. Siento la sangre subirme a la cara. —No me digas así. Ezequiel alza una ceja, como si le divirtiera que yo le marque límites. —Buenas noches, entonces —responde, seco. Y me cierra la puerta en la cara otra vez. El golpe de la madera retumba en el pasillo y, por un segundo, me quedo ahí, mirando la puerta como si pudiera atravesarla con pura rabia. Me duele el orgullo. Me duelen los pies. Me duele la espalda. Y ahora también me duele esa incomodidad nueva: el hecho de que, aunque me moleste, la ropa está en mi cama y mañana… mañana la voy a necesitar. Me doy la vuelta y camino de regreso a mi cuarto con pasos cortos, irritados, sintiendo cada roce de la ampolla como una amenaza. Entro, cierro, y el cuarto vuelve a oler a mí mezclada con rancho: perfume viejo y polvo nuevo. Miro la bolsa otra vez. Me dan ganas de romperla. Me dan ganas de usarlo todo. Me dan ganas de tirarme al piso y gritar como niña. En lugar de eso, voy al baño. Me baño con el agua caliente cayéndome encima como si quisiera despegarme la rabia de la piel. Me froto fuerte. Me arde la quemadura del sol. Me arde cada picadura de mosquito. Me arde el orgullo. Me seco con la toalla áspera y me visto con lo primero que encuentro para dormir, sin cuidado, sin glamour, sin ganas. Me acerco a la cama y el cuerpo se rinde antes que mi mente. Apenas toco el colchón, siento que me hundo. Mis ojos se cierran solos, como si el cansancio me apagara de golpe. Pero me duermo furiosa. Furiosa porque me controlan. Furiosa porque me duele. Furiosa porque no sé si mañana quiero demostrarle que puedo… o quiero arrancarle esa calma de la cara solo para recordar que yo también sé morder. Y justo antes de quedarme completamente dormida, la palabra “Estrellita” me vuelve como un zumbido en la oscuridad. Prometiéndome que esto… apenas empieza.
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